29 de noviembre de 2009

La prueba

Ayer superé una gran prueba. Aunque o tengo que confesar, la superé a medias, con lo cual ya no es una gran prueba, sino una semi-gran prueba. Todo tiene sus antecedentes y para poder entender la importancia de esa media prueba superada debo explicar que desde hace tres meses o algo así estoy a régimen. No es el de la alcachofa, ni el del puerro, el nabo o la zanahoria o el calabacín, hortalizas que siempre como con mucha alegría, sino uno algo más caserito, y menos sofisticado consistente en eliminar, en la medida de lo posible, grasas, azúcares e hidratos de carbono de mi dieta y aumentar la ingesta de verduras, pescado, y frutas. Así, si antes me ponía cuatro cucharadas de azúcar en el café con leche (semi-descremada), ahora me pongo una y bien rasa. Si antes comía arroz y pastas casi every second day, ahora no los pruebo. Si antes aliñaba generosamente la ensalada con aceite de la mejor calidad (de lo que vendería en esos supermercados de alimentos orgánicos que se mencionan en el blog de la competencia) sigo utilizando ese mismo aceite, sólo que con más comedimiento. Debo reconocer que no paso tanta hambre como habría esperado y que tanto sacrificio (que al final no lo es tanto) y cierta constancia en el gimnasio me ha puesto en el camino de pesar menos de cien kilos. Es más, en estos tres meses, creo que he logrado perder unos quince kilos.

Lo que no está mal, creo, modestamente. Llevo sin embargo unas semanas en las que el régimen está siendo más liviano (si es que alguna vez fue pesado). Estoy fuera de casa, en Honduras, por motivos de trabajo. Comparto un apartamento con una compañera y amiga, ella con buen diente, que de vez en cuando suelta eso de: “a ver si algún día comemos algo de pasta, ¿no, Manuel?”. Ayer se desquitó. Salíamos de una reunión, era la hora de comer y sugirió que pasáramos por un McDonalds, compráramos algo rápidamente, y nos lo comiéramos en casa a fin de que no nos entretuviéramos demasiado en almorzar. No me pude negar. Pero recordé el día en que decidí que no podía seguir comiendo tanto como estaba llegando a comer. Fue una noche de este verano pasado en Fuengirola, con mi amigo Jose. En un centro comercial de esos con cine, a eso de las nueve de la noche, con algunos minutos por delante antes de que empezara la película y con el hambre azuzando. Era de esos centros comerciales que tanto están abundando ahora donde la gente se pasea en pantalón corto, camiseta sin mangas y chanclas de dedo, conocidas en la actualidad como hawaianas, rodeados de niños gordos y gritones y mujeres de caderas inconmensurables Pues ahí, en la entrada del cine, sentado en un Burger King, y tras haberme comido dos hamburguesas de esas que chorrean ketchup, mayonesa, grasa, queso y todo lo trans que uno se pueda imaginar, decidí que yo no merecía ser como ellos. Y se acabaron las vacaciones, volví a Madrid, me puse a régimen y me apunté al gimnasio, ese del que alguna vez he hablado, que comparto con gente tan exquisita como Candela Peña.

Pues bien, mi amiga y compañera aquí en Honduras me puso a prueba sin saberlo llevándome al MacDonalds. Entramos, yo con la idea de pedir una ensalada, ella con la intención de meterse un Big Mac (entre pecho y espalda). Yo pensé que con pedir la ensalada tenía la prueba más que superada porque, total, se trataba de llegar, pedir la comanda, pagar y largarse. Pero no, en los MacDonalds de Honduras no tienen ensaladas. Sólo colesterol, grasas poliinsaturadas, calorías e hidratos de carbono, la mejor combinación para desbaratar las voluntades más recias como, sí, creedlo, la mía. Mi compañera y amiga me apremiaba a pedir, los MacMenús me llamaban, el estomágo se contraía y la cavidad bucal se me llenaba de saliva. Y todo eso pasaba mientras mi yo gordo le decía al yo dietético que por un día no sucedía nada, que me diera el gusto, que aflojara. Hasta que al final una voz salió de mi cuerpo y dijo débilmente: “unos nuggets” (para el que no lo sepa, son unos trozos de pollo empanado). Era una solución de compromiso: no podía salir de allí sin pedir nada, porque significaría estar sin comer hasta la noche, pero al mismo tiempo no me dejaba llevar por la glotonería y las contracciones estomacales. Pero siempre todo se puede complicar. La cajera, mecánicamente, respondíó: “¿de seis (trozos) o de nueve?”.Y yo a eso, en ese momento, no estaba preparado. Por eso creo que superé la prueba, porque ante los contratiempos de que tuviera que comprar comida en un McDonalds, de que no hubiera la ensalada que fue mi primera opción y de que entre pedir la ración grande o pequeña de lo que me parecía menos insano, optase por la pequeña, siempre opté por lo menos calórico, por lo menos inmediato, por lo más a largo plazo.

Estos días me miro mucho en el espejo. Todos tenemos, lo reconozcamos o no, nuestro punto Narciso. Me veo más delgado, veo que entro perfectamente en pantalones de la talla 36 (usaba la 40), en camisas que hace años no me abrochaban y que ahora me quedan holgadas. Sinceramente, me siento más a gusto con mi cuerpo que hace unos meses. No pretendo adelgazar demasiado sino simplemente sentirme bien, estar sano, mantenerme en forma con la ayuda tanto de una adecuada alimentación y de un ejercicio moderado en el gimnasio. Aquí en Tegucigalpa me he apuntado a un gimnasio de aire ochentero, de techos y paredes oscuras donde suenan Rick Astley y Talía, lleno de luces de neón y, también, lleno de miradas sin objetivo. Sí, no sólo yo me fijo en mí mismo cuando me veo en espejo. Noto que los hombres me miran pero sólo los feos. Los guapos, que son muy pocos, o son héteros o tímidos o lo más probable, si son gays, es que no les guste. Me pregunto si tanto esfuerzo merece la pena. O es que tal vez soy tan superficial que sólo hago dieta y ejercicio para gustarle a los hombres y no por el puro placer de gustarme yo y decirme dentro de uno meses que lo he conseguido, que he logrado superar esta prueba que me he impuesto.

16 de noviembre de 2009

Debajo del balcón

Debajo del balcón, en un solar cuadrado no demasiado grande, un grupo de albañiles cava zanjas tan amplias que parecen trincheras de la Primera Guerra Mundial, pero no son trincheras sino los cimientos de una nueva casa en este vecindario de Tegucigalpa en el que me encuentro. No hay excavadoras ni martillos neumáticos. Tampoco se ven por el momento hormigoneras o taladradoras. Y todo, inexplicablemente para un urbanita español que lleva sufriendo en Madrid diez años de obras, es absolutamente silencioso, tal vez violentado por alguna palada menos discreta que la anterior, algún suspiro del albañil metido dentro de la zanja bajo el sol del mediodía, alguna orden del capataz que vigila desde el borde el trabajo de la cuadrilla.

Todo es silencio y discreción, confortable para el que trabaja unos pisos más arriba, pero también anacrónico e inquietante. ¿Es posible que aún se caven los cimientos de un edificio a golpe de pico y pala? ¿Es que no hay máquinas en esta ciudad que puedan evitarle a la cuadrilla tantas horas de trabajo agotador? Yo los veo ya en faena a las siete de la mañana, a la hora del desayuno, cuando el sol aún no es el del mediodía. También los veo ahora, a las tres de la tarde, con el mismo ritmo discreto de trabajo que por la mañana y con un sol más implacable. En dos horas, a las cinco, la tarde tropical, breve, caerá abruptamente en la noche y ellos se habrán ya ido, dejando unas zanjas más largas, más profundas. Yo rezo para que al día siguiente, a la hora del desayuno, no me encuentre con una hormigonera, o un martillo neumático taladrándome los oídos, pero estoy seguro que la cuadrilla de albañiles suspira porque una máquina les alivie el trabajo. ¿O no será que si llega la máquina desaparecen ellos?

25 de octubre de 2009

Un yogur caducado

Un contenedor y mi bolsa de basura. Madrid 25 de octubre de 2009

No suelo escribir de política, aunque es un tema que siempre me ha interesado y que vivo con cierta intensidad, asociada tanto a vivencias propias (mi padre, durante un tiempo, se dedico a ella) como a un cierto gusto por nadar, también en esto, a contracorriente del pensamiento imperante en mi entorno familiar. Dicho así, hablar de política, en general, suena totalmente vacío. Pese a que la política está ligada a la realidad más pedestre, al día a día, al esfuerzo por la supervivencia de millones de seres humanos, muchas personas la ven totalmente desligada de sus preocupaciones diarias. Un vistazo a la prensa diaria les da la razón, y esto es así porque los políticos que conocemos hacen cualquier cosa menos política: roban, mienten, prevarican, camuflan la verdad o enchufan a sus amigos, y en sus ratos libres gobiernan o se proponen para gobernar. Me dedico además a una profesión en el que poner una palabra o su antónimo en un pedazo de papel puede tener impactantes consecuencias políticas, tanto en mi propio futuro laboral, como el futuro de a quienes se refiere ese pedazo de papel.

Sin embargo, de vez en cuando, no me puedo reprimir. Ayer fue uno de esos momentos y la espoleta fue un reportaje sobre un vertedero en la ciudad de Portoviejo, en Ecuador, en el que se reflejaban las miserables condiciones de vida de mucha gente que se ganaba la vida rebuscando entre las basuras. Y la espoleta, que saltó porque por motivos profesionales conozco algo la política ecuatoriana, no se transformó sin embargo en conmiseración, pena o necesidad cortoplacista de buscarme una causa perdida por la que luchar. Yo he estado en vertederos parecidos en mi propia ciudad y he visto a gente como la que aparecía en reportaje, armada con palos y pinchos, rebuscar entre las basuras que, junto a setenta mil personas más, yo mismo había generado. No me alivia saber que los rebuscadores de Portoviejo están lejos de mi propia realidad, o los que yo vi en Ceuta no eran gente de allí, sino que cruzaban la frontera a escondidas para poder sobrevivir con los desperdicios de una ciudad que para ellos debía nadar en la abundancia. Sólo necesito darme un paseo por la ciudad en la que ahora vivo, Madrid, y ver esos mismos rebuscadores de Portoviejo y Ceuta internarse en los contenedores de basura, buscando un yogur caducado, una pieza de fruta que se cayó distraídamente en el cubo de una casa vecina, un jersey que alguien pensó inservible, unos cartones que sirvan de improvisada cama en cualquier chaflán. Y no son pocos. Pienso en los enormes vertederos de las afueras de Madrid, los que describía Luis Martín-Santos hace casi cincuenta años, y da la impresión de que no han cambiado tanto las cosas. Supongo que esos vertederos deben estar repletos, porque a mayor nivel, más basura. Paradójicamente, uno de los indicadores para medir el bienestar de una sociedad es la cantidad de basura que produce por persona y año. Y si Madrid es la ciudad más rica del octavo país más rico del mundo, sus vertederos deben ser dispendiosos, enormes yacimientos de inesperada abundancia, imán para tantas personas, cada vez más, a los que la crisis ha dejado está dejando fuera.

Viendo el reportaje sobre el vertedero de Portoviejo me pregunté que estaba haciendo el Gobierno de Ecuador para mejorar las condiciones de vida de esas personas en particular y las de toda su población en general. Tan preocupado en sus alianzas bolivarianas con Venezuela, Bolivia o Nicaragua, la visión de esos rebuscadores, de eterna mala salud por lo insalubre de su trabajo, me hacía recordar toda la propaganda de un gobierno que ufanamente se hace llamar el “Gobierno de la Revolución Ciudadana” y todos los eslóganes repetidos hasta la saciedad en prensa, radio, televisión y vallas publicitarias, que aseguraban que la “Patria ya es de todos” como si antes no lo hubiera sido. Bien, yo creo política es sobre todo ocuparse del bien común, de elevar el nivel de vida de los ciudadanos, de gobernar para todos, incluidos los rebuscadores de Portoviejo y los muchos ciudadanos que en Ecuador no han votado por Rafael Correa, su actual presidente Y eso, me temo, no es lo que están haciendo los gobiernos de esa izquierda populista que, con distintos matices, está gobernando en varios países de América Latina.

No hace falta cruzar el océano para encontrar populismo y demagogia. Un mayor nivel de vida produce personas más formadas, más educadas y, por lo tanto, más libres y críticas. En teoría, porque aquí, en Madrid, en España, nos conformamos con pensar que política es dejar que pase la crisis y esperar a que el producto interior bruto suba por arte del birlibirloque. O asumir que es correcto negar, por motivos electorales, como hizo Zapatero el año pasado antes de las elecciones, que la crisis existe. Yo, en realidad, no sé si es mejor subir los impuestos o bajarlos, corregir el déficit público o permitir que se desboque, dejando así una herencia inasumible para futuros gobiernos, pero mitigando lo más posible los efectos de una crisis inesperada (no nos acordábamos de que las crisis son cíclicas) y cruel. Ni siquiera sé si es bueno o malo abaratar o encarecer el despido, o si hay que utilizar dinero del contribuyente para salvar empresas o bancos en crisis. Puede que me equivoque, que politica sea precisamente eso, tomar una decisión u otra y que unos, los que gobiernan, tomarían unas y otros, lo que no gobiernan, tomarían las mismas o distintas. De lo que estoy seguro, sin embargo, es que ningún político conocido aquí o allá baja a la calle todas las noches, a eso de las nueve, con la bolsa de basura en la mano y se encuentra con que al poco de arrojarla a contenedor, alguien rebusque en ella un yogur caducado, un fruta olvidada, un cartón tan mullido como un verdadero colchón.

21 de octubre de 2009

Salvado


Floristería de la calle Huertas

Prefacio

Llevo casi diez días de sequía. Pensaba escribir algo sobre mis experiencias gimnásticas y titularlas algo así como “En forma con Candela Peña”, porque sí, ella, Candela, con top rosa chicle y gafas Pantoja, va a mi gimnasio. Y también Gael García Bernal, Paco León (el otro día, en la intimidad del vestuario, él y yo solos, a punto estuve de pedirle que me imitara a Raquel Revuelta cuando presentaba la cartelera de cine en Telecinco) y una azafata del Un, Dos, Tres de cuyo nombre no me acuerdo, entre otros. Bueno, Gael ya no, porque está rodando, según me he enterado por la radio, en Bolivia. Luego hay un americano, porque no puede ser otra cosa, que tiene el himno de Riego como sintonía de su móvil, uno que lleva en el brazo un tatuaje de Amy Winehouse (o si no es ella se le parece mucho), señoras del barrio que se tiran tres horas en la contractora para levantar sólo dos kilos y medio, y servidor de ustedes que, por lo menos levanta 25 en tres series de quince. Así que entre tanta celebrity y rojerío republicano, tatuados y ciclados, para una entrada más o menos decente me daba. Pero no, esta mañana, the artist formerly known as Breckinridge me ha dado el tema. Cuando volví del gym (y dale con el gimnasio), hice mi recorrido por los blogs que frecuento y revisé los comentarios a una entrada de la primera ardilla. Y ahí estaba el tema de esta entrada. Así que ahora toca ponerse serio.

La piqueta

Se trataba de salvar edificios. Yo también hubiera salvado la pagoda de Fisac de la piqueta y la excavadora, no porque sea brutalista, sino porque era una construcción onírica, no al estilo de Gaudí, que nunca me ha gustado demasiado (a excepción del interior de la Sagrada Familia), que recordaba, lejanamente, a un farolillo de feria andaluza y, cercanamente, a las lámparas chinas de papel. Sí, el tema de esta entrada es qué edificio salvaría de la destrucción si llegara una catástrofe planetaria, un holocausto nuclear, una subida rápida e imprevista del nivel del mar, un asteroide en dirección inexorable a la Tierra que acabase con todo rastro de civilización. Pero he decidido que no salvaría sólo uno sino varios y por varios motivos. Algunos, como la casería Cuzcuñana, en Rute, Córdoba, por una razón puramente sentimental. Cuzcuñana, construido en 1847, es un cortijo en medio de los olivares del la subbética cordobesa, ligado para siempre a los veranos de la primera mitad de mi vida. También salvaría la casa de mi abuela, también en Rute, con sus patios, sus desvanes, sus baños de techos altísimos, su frío invernal, su chimenea enorme en el salón donde ardía troncos de olivo, su cocina espaciosa donde guisaba María del Carmen, coja, con mal genio y mejor corazón, sentada en su silla de enea, que salía a pelea casi diaria con mi abuela y que se despedía amenazando con no volver para llamar al día siguiente y pedir que fueran a recogerla. Curiosamente, no salvaría la casa en la que nací, en Ceuta, con una terraza soleada orientada al sur y desde la que se veía la pantalla de un cine de verano que mi hermano y yo espiábamos a escondidas, y que nos anunció la llegada del destape gracias a Amparo Muñoz y su película Tocata y fuga de Lolita. Es un edificio de arquitectura racionalista, líneas sobrias y esquinas redondeadas construido durante la Guerra Civil. Podría decir que me gusta, que es una construcción interesante e incluso bella. Sin embargo, no la salvaría, como tampoco las otras casas en las que he vivido en Ceuta. De Ceuta sí rescataría de la catástrofe el edificio de la Autoridad Portuaria, también racionalista que asemeja a un barco varado en el muelle, elegante, simbólico, original y del mismo arquitecto, José Blein, que mi casa.


Edificio de la Autoridad Portuaria de Ceuta

Sin embargo, esta clasificación deslavazada e impuesta por la obligación de publicar una entrada no es únicamente sentimental, o sí. En el fondo todas las listas, clasificaciones, elencos y hasta “guilty pleasures” proceden de lo subjetivo y, por lo tanto, de los sentimientos, porque si fuera racional y razonada, todos salvaríamos los mismos edificios. Aún así, coincido con el artista antes conocido como Breckinridge en salvar el Panteón de Roma, la única construcción que ha sobrevivido a curas, saqueos, incendios e iglesias desde la época clásica y que ha servido de inspiración a tantos edificios en medio mundo. Lo salvaría, sí, pero me cargaría sin el menor miramiento a los invasores de chanclas, pantalón pirata y manga sisa y, sobre todo, el MacDonalds cercano donde comen hamburguesas los turistas, y para el que Panteón, ese edificio sublime (el adjetivo no es mío sino de Pandora) actúa de vergonzante reclamo. También, las muñecas con traje de flamenca en las tiendas de souvenirs son reclamos para los turistas que visitan la Mezquita de Córdoba, eterna, plácida, con sus columnas y arcos interminables: otro edificio que salvaría del cataclismo, aunque pediría una piqueta selectiva para la catedral católica que se construyo en medio de las columnas.. No salvaría el Partenón, aunque sí las pirámides de Egipto por ellas mismas y por la maravillosa ciudad que ha ido creciendo a su alrededor.

De El Cairo ya he hablado anteriormente, pero esta lista permite muchas licencias, así que la menciono de nuevo para salvar la ciudad entera, con sus habitantes, porque una ciudad sin gente no es una ciudad sino una ruina. También respetaría el zócalo de Ciudad de México, el bulle-bulle interracial de Londres, los arrozales de Camboya en el momento exacto en que sale el sol tras la tormenta. No salvaría Madrid, y mira que me gusta, pero se trata de hacer una criba y Madrid, que no pasa ninguna, tampoco pasa ésta, porque aún sacando siempre una buena puntuación no destaca especialmente ni en localización, arquitectura, clima, historia, paisaje o paisanaje. Bueno, sí preservaría, además de la pagoda, una floristería situada en un pabellón al principio de la calle Huertas cuya supervivencia en medio de la ciudad, en un jardín presidido por un olivo de más de trescientos años es, afortunadamente, inexplicable. Estos días resisten bravamente los ruidos, polvos y piquetas procedentes de las obras de acondicionamiento para hotel de un edificio cercano. Curiosamente, salvaría lo que me está más próximo física o sentimentalmente, lo que veo todos los días al pasar o lo que el paso del recuerdo ha ido dejando en mi memoria. ¿Debería salvar entonces a Candela Peña?

11 de octubre de 2009

Paisajes de vida


El Estrecho. Al fondo la montaña Yebel Musa y a la izquierda, Ceuta

Hay veces que uno mira, pero no ve. Y por eso, me parece mejor contar experiencias lejanas, remotas y exóticas que las que tengo delante de mis ojos habitualmente, las que he visto desde que recuerdo, las que me son más evidentes y normales. Pese a ello, no deja de gustarme cruzar el Estrecho de Gibraltar cuando regreso a Ceuta: me siento en el bar de proa, el que queda justo debajo del puente de mando y empiezo a ver, como si fuera la primera vez, la mole maciza del Peñón, con la ciudad apretujada y encaramada a él, justo cuando el barco enfila la bocana del puerto de Algeciras y deja a babor las industrias químicas de la bahía. Lentamente, el barco gira a estribor para enfilar la dirección sur que le llevará a la otra orilla. Es una maniobra miles de veces repetida a lo largo de los siglos por barcos de todo tipo. También es una maniobra que he visto y experimentado muchas veces lo largo de mi vida. Si quisiera, podría empezar a calcular las veces que he realizado ese viaje, las veces que me he montado en los barcos que llevan o traen de Ceuta, lentos, pero con estilo los primeros; rápidos e impersonales los últimos, con temporal o sol radiante, con niebla, neblina o bruma, con el mar en calma, con el mar de poniente o con el mar de levante, con frío, con calor, pero ¿serviría para explicar que cada vez disfruto más con estas travesías? Yo creo que no. La explicación es otra.

El transbordador Virgen de África, atracado en el puerto de Ceuta

Tengo una gran ventaja a mi favor. No me mareo en los barcos, ni tampoco en los coches. Eso ciertamente ayuda, porque sería imposible descubrir y sorprenderse en un viaje con el estómago y la cabeza en plena batalla. Y yo, últimamente, descubro y me sorprendo. Los paisajes de la infancia son, seguramente, los paisajes de toda una vida y estos paisajes empezaron a materializarse con una bolsa con pan duro para las gaviotas que acompañan al barco en la travesía o con el descubrimiento de que Flipper, aquel delfín vivaracho que salía en televisión, no era un muñeco sino un animal de carne y hueso que saltaba a los costados del Virgen de África, el transbordador de mis primeros años. Para otros, estos paisajes no eran agradables: el olor a fuel-oil en la bodega de los coches, el cabeceo en las travesías con temporal, las botellas que sea caían de los estantes de bar, los mareos, los vómitos. Así, mientras cerca de mí sufrían cada vez que se montaban en el barco, yo disfrutaba. Y lo sigo haciendo, sea con mal o buen tiempo, con visibilidad o sin ella. Me siento delante del ventanal del salón de proa, me pido algo de beber -“se lo viá poné en vaso de pláhtico porque el barco hoy se mueve musho”-, me leo los periódicos de Ceuta y, cuando acuerdo, estoy en mitad del Estrecho viendo ya, como una fotografía que se va revelando, unas masas terrestres informes que al poco van tomando forma en el monte Hacho, punta Almina y la línea de los primeros edificios de Ceuta, el Yebel Musa (o la Mujer Muerta como lo conocemos los ceutíes), con Beliunes en su ladera y Benzú en la costa e, incluso en los días claros, el Yebel Kelti, con sus casi 2000 metros de altura, al fondo. Al poco, con el Alborán ya dentro del puerto escudriño el paisaje de toda una vida buscando tanto novedades como los signos y símbolos de siempre: un edificio recién construido, el alminar de una mezquita antes inexistente, las torres de la Catedral, los coches que van bajando de la ciudad al puerto, la bandera en el baluarte de su mismo nombre y, últimamente, los enormes luminosos de los supermercados en la avenida principal del puerto.


El catamarán Alborán entrando en el puerto

Lo confieso, no sólo me gusta sino que me emociona. Alguna vez lo tenía de que decir: me gusta saber que soy de Ceuta, aunque ahora viva en Madrid; me gusta que Ceuta esté donde está, en una de las zonas del mundo con más historia o, al menos, con más historia para esta parte del mundo en la que vivo. Entre dos mares, entre dos religiones, entre dos culturas, en la frontera, entre dos continentes y entre dos vientos. Me gusta imaginarme que ese barco que cruza por babor delante del Alborán que me lleva a casa ha atravesado todo el Mediterráneo, el canal de Suez, el Océano Indico, que ha doblado la India, que se ha internado en el estrecho de Malaka, que ha atracado en Singapur a recoger contendedores y que un mes antes había zarpado del puerto de Hong-Kong. Me horrorizó, sin embargo, leer que una de las línea de fractura de las que hablaba Hungtinton en su apocalíptico y poco creíble Choque de Civilizaciones pasase por delante de mi casa. Y tal vez sea poco creíble porque los barcos, esos que se cruzan con el mío cuando regreso a Ceuta siguen atravesando religiones, culturas y civilizaciones hoy al igual que hace cientos y miles de años, por los mismos sitios, por los mismos paisajes, (con el Peñón a un lado y el Yebel Musa al otro) de mi vida. Y eso, a no ser que un buen día el mar desaparezca, seguirá sucediendo.

10 de octubre de 2009

Paisajes de isla


Entre Santa Cruz e Isabela

Las islas son lugares de los que siempre hay que salir. Se llega, en barco, en avión, y nada más poner pie en ellas uno tiene siempre la impresión de que el mundo acaba de nacer y de morir. Los náufragos de las películas y de la historia acababan siempre, exhaustos, sedientos, con los labios resecos y la piel quemada por la sal y el sol, saliendo del mar a trompicones y tumbándose sobre las arenas blanquísimas de unas playas que siempre pertenecían a una isla. Habían llegado sí, pero llegar a una isla era como no llegar: una isla no dejaba de ser si punto más o menos grande en las cartas de navegación. Da igual que sea la isla de Tenerife, la de Pascua o la de Santa Cruz, en el archipiélago de las Galápagos. La sensación es siempre la misma. Da igual que sean islas machacadas por el turismo más grosero o el lugar más remoto. Hace quince años aterricé en la isla de Tenerife y pensé que llegaba a otra Tierra. Hace cuatro aterricé en la isla de Pascua y tuve esa misma sensación, que yo creía ligada a diferencias culturales y sociales. Pero no, no era eso, sino el hecho de que el mundo en una isla se acaba a poco de nacer porque al final siempre acaba volviéndose al punto del que se partió.

Iguana marina

Hace pocos meses aterricé en la isla de Santa Cruz y entendí que las islas son universos en sí mismas, reducciones del mundo principal, concentrados de planeta, flora, fauna y paisanaje. No era el paso sin transiciones del calor abrasador y la luz inmensa de las zonas equinocciales a las brumas y los grises de las montañas cuando atravesaba la isla de norte a sur, ni siquiera los árboles y arbustos que acompañaban el trayecto, extraños, agrestes, jamás vistos. Tampoco los cien dólares que hay que pagar nada más pisar la isla, o los pelícanos y lobos marinos que esperaban a que se terminara la jornada en el mercado de pescado de Puerto Ayora, la capital del archipiélago. Era la sensación de un tiempo detenido, de un reloj parado o, mejor dicho, acompasado al planeta reducido, al mundo en pequeño de la isla. O en el caso de las Galápagos, de las islas. Ese reloj amoldado a las exigencias del tiempo isleño ha contado durante miles de años las desviaciones de la norma, los versos libres de la evolución animal y vegetal distinta, extraordinaria e inédita en aquellas rocas que le ganaron la batalla al océano con lava y terremotos. Y en el primer minuto de ese reloj, con esas rocas aún calientes y rojizas, un soplo de aire trajo una brizna de hierba, una semilla. Y ahí empezó todo. Y todo empezó a ser distinto a todo lo conocido: unos galápagos gigantes sin parangón en otros lugares, y además, distintos en cada isla, unas iguanas que un buen día se lanzan al mar y empiezan a nadar, unos pingüinos enanos con únicos parientes en las lejanas y frías aguas antárticas.

El mercado

El pequeño mercado de pescado de Puerto Ayora cerraba para felicidad de pelícanos y lobos marinos que almorzarían con las sobras: espinas, tripas y cabezas. En la misma calle del mercado, junto a puerto, un par de restaurantes ofrecían menús y cerveza a los pocos transeúntes que a esa hora se atrevían a salir con el sol sobre sus cabezas. Las calles, al mediodía, presentaban una desolación cegadora que no invitaban al paseo sino al recogimiento a la sombra, esperando a que el reloj de la isla fuera transitando lo más rápidamente posible por las horas más calurosas. En esos mismos momentos asfixiantes, a la vuelta de un cabo rocoso, tomado por las iguanas, en la playa más nueva del mundo, una fragata se lanza en picado al agua, permanece dentro unos instantes y al poco remonta el vuelo desde lo profundo de mar con un pez en el pico. Es la playa de Bahía Tortuga, blanca e intacta, en la que uno se siente un intruso, como el náufrago que arriba finalmente a la costa tras haberlo perdido todo. A Bahía Tortuga se tiene que llegar en barca, sorteando las olas de un mar agitado, zigzagueando entre ellas para evitar golpes fatales. La barca es frágil pero el piloto parece experto. La costa queda a estribor y el océano inacabable, a babor. Un barco que empezara a dirigirse hacia el sur desde ese punto no tocaría tierra hasta llegar a la Antártida porque sería poco probable que se encontrara con otra cosa que no fuera agua. La barca, al rato, dobla finalmente el cabo y el mar se tranquiliza: al fondo aparece una franja blanquísima, casi recién puesta. Si la barca hubiera seguido la línea de la costa habría vuelto, unas horas después al punto de partida en Puerto Ayora. El concentrado de mundo.

Las rocas

Tiempo propio y mundo propio. Transporte propio. Para llegar a Isabela, la isla más grande del archipiélago basta con alquilar una lancha en el puerto, montarse y esperar dos horas de navegación en un océano agitado. Los tiempos de viaje son, en el fondo, tiempos de espera, transiciones que la gente emplea en los más diversos modos. En este viaje, la transición consistía en desear llegar lo antes posible al destino y disimular que se disfrutaba con el balanceo insoportable del barco, los delfines que acompasaban su nado a la navegación de la lancha o la vista lejana e informe de islotes e islas menores, de fragatas que cruzaban el mar a baja altura, como si estuvieran escudriñando que se escondía debajo, de plácidas bandas de pelícanos que atravesaban la línea del horizonte. Sí, era posible disfrutar entre tanta agitación. Viajar de una isla a otra es como viajar de un planeta a otro. Entes aislados, suspendidos en el mar o en el espacio, inconexos, desconocidos. Al llegar al planeta Isabela, cambio de nave para contemplar en detalle su fauna, sus animales desconocidos: reptiles que fueron terrestres y que buscan en el mar su alimento pero que al final tienen que volver a la tierra y al sol a calentar su sangre fría. Pájaros de patas azules que te miran curiosos. Paisajes volcánicos, áridos, rocosos, abrasadores. En la playa, discretos, los lobos marinos descansan. También el paisanaje mira curioso. Puerto Villamil es un embarcadero, también una calle larga, barrida por el calor, un colmado, una mujer sentada en la puerta. En esa calle nació, en ese planeta vive y de allí no se movería. El tiempo pasa lento en la isla Isabela.

El avión

Yo una vez viajé a un lugar que no está en este mundo que se llama islas Galápagos. Y como no está en este mundo, como otras islas remotas, lejanas, Tenerife, isla de Pascua, uno va, viaja y regresa, pero no retorna a ellas, porque no pertenece a ellas, no es un isleño. La razón de un viaje, de todo viaje, es la vuelta, porque eso es lo que lo diferencia de una estancia o de una migración. Así que, al final, se abandona ese planeta y se vuelve al mundo. Vuelta al autobús que atraviesa paisajes siempre nublados y verdes, de árboles que sólo han visto ese mundo concentrado. Cambia el paisaje. Ahora es seco, casi desértico, cegado por el sol. Al fondo, en medio de la aridez y con el mar de lejos, se intuye la pista. El silbido inconfundible de los reactores indican que la nave que me llevará de vuelta al mundo ya está esperando.

6 de octubre de 2009

Obituario por un beso

¿Puede dañarse una relación de 33 años por un simple beso? ¿Es posible que las personas involucionen y no evolucionen? ¿Debemos aceptar que el hecho religioso condicione la vida de las personas que tenemos alrededor de modo que se nos vuelvan prácticamente desconocidas? Llevo haciéndome estas preguntas desde esta mañana, cuando apareció Zohra en casa, mujer española de origen marroquí a la que conozco desde que yo tenía diez años y ella no llegaba casi a la mayoría de edad, allá por 1976. Zohra llegó a Ceuta a vivir con sus abuelos, él carnicero y antiguo soldado moro en la guerra civil, seguramente con la idea de que viviría mejor como apátrida en Ceuta, en casa de sus abuelos, también apátridas en su propia tierra, que con sus padres en las resecas llanuras al norte de Marrakech. Pronto empezó a trabajar en mi casa. La Zohra que yo recuerdo en esa época hablaba español con dificultad pero era una chica despierta, simpática, trabajadora y cariñosa, y eso le hizo ganarse la confianza de mi madre. Sus indudables virtudes hicieron que se fuera ganando también el respeto y el estómago de todos nosotros. Zohra se descubrió, pese a su juventud, como una excelente cocinera, capaz además de llevar las riendas de una casa que en aquellos años, por una serie de vicisitudes, pasaba por una época oscura y triste.

Pasó el tiempo y Zohra se fue convirtiendo en imprescindible. Es difícil a veces explicar qué tipo de relación se mantiene con personas que no son de tu familia, ni de tu círculo de amigos, pero que son tan importantes como éstos. Zohra no es parte de la familia. Tampoco es una persona amiga. Sin embargo, se las quiere, aprecia y respeta como si fuera un familiar o un amigo. Y estoy seguro de que el sentimiento es mutuo. Zohra era, además, una mujer religiosa, lo que en una casa como la mía en la que el hecho religioso católico era, como en tantas otras, lo cotidiano, se veía como algo positivo. Llegaban las horas del rezo y Zohra extendía una esterilla en cualquier habitación y colocándose en dirección a La Meca, musitaba azoras del Corán mientras mis hermanos y yo, adolescentes y niños inquietos, la espiábamos con curiosidad malsana. Puedo decir que conocí el Islam más básico gracias a Zohra (y el pensamiento de izquierdas gracias a la Bola de Cristal): sus ayunos durante el mes de ramadán, las prohibiciones sobre el consumo de alcohol y carne de cerdo, la imposibilidad de comer cualquier tipo de mamífero o ave que no haya sido sacrificado de acuerdo a sus ritos y que al final, por pura razón práctica, acabábamos comiendo en casa. Con el tiempo, ya entrados los ochenta, Zohra fue legalizando su situación, pero para ello, dado que llegó a Ceuta sin documento de identidad ni pasaporte, debía obtener ambos en su país de origen: Marruecos, lo que implicaba frecuentes viajes a Tetuán, largas esperas en Gobierno Civil y la Gendarmería de esa ciudad y –estoy seguro de ello- algún incentivo que mi padre daba al gendarme de turno cuando le estrechaba la mano. Al mismo tiempo, su español fue mejorando ostensiblemente y en una especie de ósmosis lingüístico atrapó e hizo suyas nuestras expresiones, dejes, acentos y defectos al hablar. Fue también en esa época que Zohra empezó a acudir al colegio que estaba enfrente de casa, y en horario nocturno, aprendió a leer y a escribir, a sumar, restar, multiplicar, dividir, las primeras nociones de física, química, ciencias naturales y sociales, historia, literatura y lengua española. Con los años y su esfuerzo obtuvo el título de graduado escolar.

A mediados de los noventa, con su situación ya legalizada, Zohra podía moverse con cierta libertad por la península y, gracias a que tenía pasaporte, cruzaba la frontera entre Ceuta y Marruecos sin problemas. Un accidente doméstico durante unas vacaciones en su casa familiar cerca de Marrakech la obligó a regresar rápidamente a Ceuta a curarse. Aprovechando una sesiones de rehabilitación en Cádiz, llamó un día y dijo que no volvía, que quería irse a Madrid a empezar una nueva vida. Y así fue. Su marcha no disminuyó los contactos aunque sí los espació. Con esa educación y formalismo innato en las sociedades musulmanas, llamaba con ocasión de las festividades religiosas católicas y pasaba por casa de visita cada vez iba a Ceuta. Con los años, una vez instalado yo en Madrid, la relación, lejos de disminuir, aumentó hasta el punto de que con una situación económica desahogada aceptó, casi como un favor personal, venir a mi casa una vez por semana a encargarse de las faenas domésticas. Su visita semanal servía además para comentar las últimas novedades familiares, discutir las noticias de la semana y hablar de casi todo con la franqueza y sinceridad que dan tantos años de vidas compartidas

Más de treinta años después de su llegada a mi vida, Zohra, ya una mujer casada madura y con dos hijos nacidos en Madrid, sigue siendo igual de despierta, simpática, trabajadora y cariñosa que siempre. La crisis económica, sin embargo, ha golpeado duramente a su familia y de trabajar por gusto ha pasado a trabajar por necesidad. Me pregunto además si la crisis, los agobios que ella conlleva o la necesidad de afirmar su identidad musulmana y marroquí en una sociedad afortunadamente laica no le ha cambiado la forma de relacionarse con la religión. Zohra, que ya está cerca de los cincuenta, ha cubierto tradicionalmente sus canas con la henna de toda mujer marroquí, ha vestido chilaba ocasionalmente: muy raramente en Madrid, con más asiduidad en Ceuta, y su apariencia no ha diferido demasiado de la de cualquier ciudadana madrileña que no hace ostentación de su religión. Hasta esta mañana. Zohra, esta mañana, ha entrado en casa con la cabeza cubierta con un velo, con un hijab verde pistacho que sólo dejaba ver el óvalo de la cara y traslucir un gorro negro en el que ocultaba el cabello. Una religión que obliga a sus mujeres a cubrirse la cabeza y no dejar visible el pelo o la cara porque así excitarían a los hombres no es compatible con esas ideas de izquierda que aprendí con la Bola de Cristal. Y a ese hombre de izquierdas que soy yo, lo primero que se le viene a la cabeza cuando se enfrenta a situaciones como las de Zohra y su velo es que, ante todo, las opciones religiosas son absolutamente respetables. Pero no me sale: el velo en la mujer musulmana no es una obligación religiosa, porque, de hecho, Zohra no ha llevado velo nunca, como tantas y tantas mujeres musulmanas. Y, además, aunque fuera una obligación, sería igualmente objetable. Basta con ver las películas egipcias de los años 50, 60 y 70 para ver en ellas mujeres igualmente musulmanas que fumaban y bailaban junto hombres tan iguales y musulmanes que ellas: ver las imágenes de esos años sirve también para comprobar lo que el Islam y las sociedades musulmanas han involucionado en las últimas décadas. Basta también con vivir en un país musulmán para comprobar esa involución, pero también la enorme hospitalidad, generosidad y cariño de sus paisanos. Los mismos que Zohra nos ha prodigado en estos años a mí y a toda mi familia. Sin embargo, esta mañana el velo no sólo le cubría la cabeza: al llegar a casa, por primera vez en 33 años, me ha negado el beso cuando me he acercado a saludarla. Su religión se lo ha impedido. A partir de ahora, los únicos hombres que besará serán su marido, su hijo y su padre. Y sólo se quitará el velo delante de otras mujeres. Yo sigo sin tener respuestas.

(En el vídeo que ilustra esta entrada se pueden ver diversas actuaciones de Um Kulthum, la gran voz e intérprete de la canción árabe. Um Kulthum, egipcia y musulmana, nunca se cubrió la cabeza. Muchas cantantes árabes actuales sí lo hacen)