Ayer superé una gran prueba. Aunque o tengo que confesar, la superé a medias, con lo cual ya no es una gran prueba, sino una semi-gran prueba. Todo tiene sus antecedentes y para poder entender la importancia de esa media prueba superada debo explicar que desde hace tres meses o algo así estoy a régimen. No es el de la alcachofa, ni el del puerro, el nabo o la zanahoria o el calabacín, hortalizas que siempre como con mucha alegría, sino uno algo más caserito, y menos sofisticado consistente en eliminar, en la medida de lo posible, grasas, azúcares e hidratos de carbono de mi dieta y aumentar la ingesta de verduras, pescado, y frutas. Así, si antes me ponía cuatro cucharadas de azúcar en el café con leche (semi-descremada), ahora me pongo una y bien rasa. Si antes comía arroz y pastas casi every second day, ahora no los pruebo. Si antes aliñaba generosamente la ensalada con aceite de la mejor calidad (de lo que vendería en esos supermercados de alimentos orgánicos que se mencionan en el blog de la competencia) sigo utilizando ese mismo aceite, sólo que con más comedimiento. Debo reconocer que no paso tanta hambre como habría esperado y que tanto sacrificio (que al final no lo es tanto) y cierta constancia en el gimnasio me ha puesto en el camino de pesar menos de cien kilos. Es más, en estos tres meses, creo que he logrado perder unos quince kilos.
Lo que no está mal, creo, modestamente. Llevo sin embargo unas semanas en las que el régimen está siendo más liviano (si es que alguna vez fue pesado). Estoy fuera de casa, en Honduras, por motivos de trabajo. Comparto un apartamento con una compañera y amiga, ella con buen diente, que de vez en cuando suelta eso de: “a ver si algún día comemos algo de pasta, ¿no, Manuel?”. Ayer se desquitó. Salíamos de una reunión, era la hora de comer y sugirió que pasáramos por un McDonalds, compráramos algo rápidamente, y nos lo comiéramos en casa a fin de que no nos entretuviéramos demasiado en almorzar. No me pude negar. Pero recordé el día en que decidí que no podía seguir comiendo tanto como estaba llegando a comer. Fue una noche de este verano pasado en Fuengirola, con mi amigo Jose. En un centro comercial de esos con cine, a eso de las nueve de la noche, con algunos minutos por delante antes de que empezara la película y con el hambre azuzando. Era de esos centros comerciales que tanto están abundando ahora donde la gente se pasea en pantalón corto, camiseta sin mangas y chanclas de dedo, conocidas en la actualidad como hawaianas, rodeados de niños gordos y gritones y mujeres de caderas inconmensurables Pues ahí, en la entrada del cine, sentado en un Burger King, y tras haberme comido dos hamburguesas de esas que chorrean ketchup, mayonesa, grasa, queso y todo lo trans que uno se pueda imaginar, decidí que yo no merecía ser como ellos. Y se acabaron las vacaciones, volví a Madrid, me puse a régimen y me apunté al gimnasio, ese del que alguna vez he hablado, que comparto con gente tan exquisita como Candela Peña.
Pues bien, mi amiga y compañera aquí en Honduras me puso a prueba sin saberlo llevándome al MacDonalds. Entramos, yo con la idea de pedir una ensalada, ella con la intención de meterse un Big Mac (entre pecho y espalda). Yo pensé que con pedir la ensalada tenía la prueba más que superada porque, total, se trataba de llegar, pedir la comanda, pagar y largarse. Pero no, en los MacDonalds de Honduras no tienen ensaladas. Sólo colesterol, grasas poliinsaturadas, calorías e hidratos de carbono, la mejor combinación para desbaratar las voluntades más recias como, sí, creedlo, la mía. Mi compañera y amiga me apremiaba a pedir, los MacMenús me llamaban, el estomágo se contraía y la cavidad bucal se me llenaba de saliva. Y todo eso pasaba mientras mi yo gordo le decía al yo dietético que por un día no sucedía nada, que me diera el gusto, que aflojara. Hasta que al final una voz salió de mi cuerpo y dijo débilmente: “unos nuggets” (para el que no lo sepa, son unos trozos de pollo empanado). Era una solución de compromiso: no podía salir de allí sin pedir nada, porque significaría estar sin comer hasta la noche, pero al mismo tiempo no me dejaba llevar por la glotonería y las contracciones estomacales. Pero siempre todo se puede complicar. La cajera, mecánicamente, respondíó: “¿de seis (trozos) o de nueve?”.Y yo a eso, en ese momento, no estaba preparado. Por eso creo que superé la prueba, porque ante los contratiempos de que tuviera que comprar comida en un McDonalds, de que no hubiera la ensalada que fue mi primera opción y de que entre pedir la ración grande o pequeña de lo que me parecía menos insano, optase por la pequeña, siempre opté por lo menos calórico, por lo menos inmediato, por lo más a largo plazo.
Estos días me miro mucho en el espejo. Todos tenemos, lo reconozcamos o no, nuestro punto Narciso. Me veo más delgado, veo que entro perfectamente en pantalones de la talla 36 (usaba la 40), en camisas que hace años no me abrochaban y que ahora me quedan holgadas. Sinceramente, me siento más a gusto con mi cuerpo que hace unos meses. No pretendo adelgazar demasiado sino simplemente sentirme bien, estar sano, mantenerme en forma con la ayuda tanto de una adecuada alimentación y de un ejercicio moderado en el gimnasio. Aquí en Tegucigalpa me he apuntado a un gimnasio de aire ochentero, de techos y paredes oscuras donde suenan Rick Astley y Talía, lleno de luces de neón y, también, lleno de miradas sin objetivo. Sí, no sólo yo me fijo en mí mismo cuando me veo en espejo. Noto que los hombres me miran pero sólo los feos. Los guapos, que son muy pocos, o son héteros o tímidos o lo más probable, si son gays, es que no les guste. Me pregunto si tanto esfuerzo merece la pena. O es que tal vez soy tan superficial que sólo hago dieta y ejercicio para gustarle a los hombres y no por el puro placer de gustarme yo y decirme dentro de uno meses que lo he conseguido, que he logrado superar esta prueba que me he impuesto.











