7 de septiembre de 2009

Cientos de instantes


Cuando tomé esta foto supe que tarde o temprano acabaría escribiendo sobre ella. Hoy, revisándola, tras años sin verla, me percato de un detalle que hasta ahora me había pasado inadvertido. Creo que es apenas perceptible, pero aún así, sorprende la mirada del hombre del fondo, extrañamente impecable en ese ambiente lleno de mugre, seguramente el dueño del taller mecánico, que mira a cámara como si pensara que la foto es para él y no para lo que tiene delante de sus ojos, porque tal vez lo que está delante de nuestros ojos es lo que menos acertamos a ver.

Tengo la enorme suerte de que mi trabajo me lleva a lugares dónde nadie iría en su sano juicio. Quiero decir, muy pocas personas viajarían a Pakistán en el primer aniversario de los atentados del 11 de septiembre de 2001. Para mí, lejos de ser un problema o una amenaza, constituyó una enorme oportunidad para acercarme a una parte del mundo geográfica y, hasta cierto punto, culturalmente lejana. Tengo además la suerte de que por mi trabajo puedo conocer sitios de un modo que pocas personas pueden conocerlos, porque no suelo ir a ciudades y lugares trillados por la presencia del turista. En fin, que nadie, a no ser que le manden, se pasa seis semanas en Hyderabad, en el sur de Pakistán entre los meses de septiembre y octubre de 2002 y, además, con la posibilidad de viajar por la zona. La foto está hecha en uno de esos viajes por esa provincia, aunque siete años después, no sería capaz de recordar exactamente dónde. Sí recuerdo el cómo: Era al mediodía, más o menos a la mima hora en la que estoy escribiendo esta entrada, una calle atestada de coches, motocarros y animales, un calor seco y un sol que caía a plomo. Volvía de una reunión con algún cacique local y, seguramente, buscaba algún lugar para tomar algo fresco. Bajo la sombra de un árbol, en un recodo, estos dos muchachos se afanaban en dejar reluciente el tubo de escape de una motocicleta. Me llamaron la atención dos cosas: la normalidad del trabajo infantil, tan cotidiano que se desarrolla en la calle, y el pañuelo que lleva en la cabeza a modo de badana el joven que está de pie, con los colores negro, rojo y verde procedente de uno de los partidos políticos en contienda en las elecciones que yo había ido a observar, el PPP.

No creo que a ningún partido político español le gustase que un muchacho en edad escolar estuviese trabajando con una camiseta, repartida en algún mitin, que llevase el logo o el eslogan de alguno de ellos. Aunque no sabría decir si más por el hecho del trabajo infantil en sí o porque se les pudiera identificar con esa práctica inaceptable, aunque existente, en nuestra sociedad. Pero en Pakistán, uno de los países más pobres del mundo, lo normal es que los jóvenes trabajen y no estudien. O que combinen ambas actividades. No voy a entrar en ese debate, que creo que tiene, como casi todos los debates inteligentes, muchos prismas, pero sí diré que el trabajo infantil es la consecuencia de muchos factores y que su erradicación no elimina esos factores. Así, que me imagino que al PPP no le importaba nada que el muchacho les hiciese campaña gratis mientras petroleaba piezas de moto o coche. Justo lo que él estaba haciendo en el momento de la fotografía, mientras el jefe, sentado plácidamente, miraba a la cámara: shawal qamis blanca, impoluta, cerrada en los puños con gemelos, pantalón del mismo tejido, postura confiada, cara brillante por el sudor.

Cinco años después, en 2007, tuve la oportunidad de volver a Pakistán. Se volvían a celebrar elecciones y, esta vez, con el aliciente de la vuelta del exilio de Benazir Bhuto, la líder del PPP, cuya bandera el muchacho de la foto usó como badana. Decidí no ir. Ya no me interesaba tanto estar en la cocina de todas las salsas y ya había estado en Pakistán, país tan interesante y desconocido como complicado para un occidental. Políticamente, más lejana estaba en el tiempo la razón de la “guerra contra el terror”, como la llamaron, más difícil y volátil era la situación en Pakistán, aliado a la fuerza de los Estados Unidos en esa guerra extraña. Tan volátil y complicada que Benazir Butho resultó asesinada al poco de regresar, lo que no impidió el triunfo de su partido (y la consolidación de una dinastía en las personas de su hijo y su marido, actual primer ministro) con las mismas prácticas caciquiles de casi siempre. Supongo que, pese a que todo había cambiado en cinco años incluido yo, la fotografía, que no es más que la expresión de un instante, podía haber expresado cientos de instantes similares a lo largo de todos estos años. Porque estoy seguro de que casi nada habrá cambiado en esa calle polvorienta y ruidosa donde los dos muchachos limpiaban el tubo de escape. Y si no son ellos, a los que el tiempo estará ya convirtiendo en jóvenes adultos, serán otros los muchachos que trabajen en ese mismo taller.

5 comentarios:

theodore dijo...

La fotografía es buenisima. El post, también. Seguro que debes tener muchas otras (fotos e historias) por ahí almacenadas que a tus lectores les encantaría disfrutar. Buscalas, buscalas. Se te agradecerá, intrépido viajero.

Un beso.

Squirrel dijo...

Los protagonistas habrán cambiado, pero la vida seguirá igual. "Le plus ça change..."

Manuel Sánchez de Nogués dijo...

Como decía julio iglesias, querido Breck, la vida sigue igual.

Algunas hay, theodore, y algunas están ya escritas. Entra en marzo de 2009 o en 2005....

Besos a ambos

Unknown dijo...

Muy interesante el texto, me ha gustado mucho. La foto también. Pero lo que más me ha llamado la atención es que cuando has mencionado la primera vez trabajo "infantil" he supuesto que era una manera de llamar el trabajo que los chicos hacían, algo así como si lo que hicieran no tuviera mucha importancia. Luego he seguido leyendo y he visto que no, que eran crios de verdad. He tenido que volver a subir hasta la foto para asegurarme de que la había mirado bien.

La cara de esos niños no es de niños, es de adultos, como la de muchos niños "currantes"....

Un beso la boral

Manuel Sánchez de Nogués dijo...

El trabajo infantil, o mejor dicho, el trabajo realizado por niños lo tenemos mucho más cerca de lo que creemos. Y tiene muchas aristas y muchas lecturas. ¿Quien te asegura que el poco dinero que puedan ganar los dos chicos de la foto no sea el único dinero que entra en sus casas?.

Un beso
Manuel