I.
El verde parece recién pintado, como si alguien acabara de colocar un cartón con un “ojo, pintura” burdamente escrito. Las hojas de las palmeras resplandecen de limpias, como si alguien les acabara de pasar un paño y se hubiera entretenido concienzudamente en darles brillo. El aire no existe, es pura transparencia, es un cristal colocado entre el espectador y el paisaje que sólo se manchará cuando los pocos vehículos que pasan por el camino salpiquen las cunetas con un barro rojizo, casi ferroso que en la estación seca, pocos meses después, se habrá transformado en un polvo cegador e irrespirable. El paisaje es una fotografía recién revelada y estamos al inicio del monzón, adentrado el mes de julio, en el pueblo de Sray Ambel, Camboya. El mar verde de los arrozales está salpicado por los conos amarillos de los sombreros de los campesinos: la estampa de postal del oriental deslomado que trasplanta arroz del orto al ocaso se repite constantemente a lo largo del camino, desde Sihanoukville, el único puerto del país, a Koh Kong a pocos kilómetros de la frontera con Tailandia, al oeste. Palmeras, cocoteros, arrozales, algunos frutales, ninguna industria, aldeas sin agua corriente o electricidad, libres también de la negritud globalizante del asfalto, condenadas en la prisión del barro. Sólo infinitos matices de verde. Al fondo, cuando el paisaje abandona la llanura y se adentra en el monte, se perciben las alturas de los árboles y de los montes y la inquietud de una jungla por atravesar. De vez en cuando, un búfalo gris mira desafiante o curioso. Cualquiera interpreta esa mirada vacía y altiva. El pueblo parece calmo y vacío a esas últimas horas de la mañana. Sólo la zona cercana al río, con sus tenderetes y restaurantes presenta cierta actividad. A esas horas, minuto arriba, minuto abajo, tiene previsto llegar el barco procedente de Sihanoukville que tras dejar algunos pasajeros y coger otros proseguirá rumbo a Koh Kong. Hasta hace pocos meses, hasta que se abrió la carretera, el barco era el único medio de comunicación entre Koh Kong y el resto del país, y tal vez la actividad en las riberas del río se debiera a la inercia de la costumbre, a que los hombres tardamos en entender lo inevitable, o puede que no queramos entenderlo, y lo inevitable era que el progreso, aunque fuera tan tarde como julio de 2003, había llegado a Sray Ambel en forma de carretera, de un camino fangoso, que permitía el tránsito de cualquier tipo de vehículo aún en plena estación húmeda. Y eso significaba que las riberas del río, repletas de actividad pues eran las auténticas puertas de la ciudad, estaban empezando a languidecer lenta, constante e irremediablemente. A esas horas también, el sol se va haciendo un hueco efímero entre las nubes y regala el impagable espectáculo de un aire transparente y de unos colores intensos en los arrozales que se prolongan hasta casi la misma orilla del río.
Y ese río hay que cruzarlo. La carretera, el camino, está construido, pero no así los puentes, y unas improvisadas y frágiles barcazas lo cruzan de un lado a otro. En las orillas, de nuevo puestos de fruta, comida, chucherías: las mesas ordenadamente dispuestas, un paquete de kleenex en el centro, a la espera de que los clientes las ocupen. En Camboya nunca se sabe a qué hora se come porque los camboyanos comen a todas horas: restaurantes y chambaos están siempre ocupados y la espera para cruzar el río se entretiene bebiendo y comiendo sin prisas. El tiempo, tan importante en otras latitudes es una cuestión secundaria en lugares donde se tardan seis horas y cuatro ríos en recorrer 150 kilómetros, donde se sabe cuando se sale y se avisa, realmente con sentido, cuando se llega. Un grupo de chicas sale de un todoterreno y se dirigen veloces a uno de los puestos. Abren las neveras y buscan alguna bebida que puede ser una coca-cola o algo más local como un extracto de soja. En sitios como aquel, preguntarse qué hacen tantas chicas juntas en un todoterreno reluciente como los arrozales recién llovidos, camino de una ciudad fronteriza como Koh Kong, significa constatar que en Camboya la prostitución forma parte de la cotidianeidad más cruel y que las estampas de orientales transplantando arroz son algo más que fotos y postales que enseñar a la vuelta de un viaje. La belleza de esas estampas previsibles es, simplemente, el rostro amable de una sociedad empobrecida y sufriente que nos recuerda que todos tenemos el derecho mínimo a enseñar lo mejor de nosotros mismos y ocultar lo peor de la curiosidad ajena.
Al llegar la barcaza el sol se ha ocultado entre las nubes y unas gotas de lluvia empiezan a mojarnos, signo ineludible de que se avecina un chaparrón. Las chicas entran con jolgorio en la barcaza y los dos pilotos las miran sonrientes. La balsa es simplemente una sucesión de tablones de madera sobre unas canoas abarloadas entre sí; unos bidones de combustible vacíos dan cierto aire de estabilidad a la embarcación que se zarandea de proa a popa cada vez que entra un vehículo, y tanto a babor como a estribor, dos muchachos de no más de 18 años, esos que sonríen a las chicas, manejan los timones y las hélices con la destreza que otorga un ejercicio repetido tantas y tantas veces.
Ya en la otra orilla cambian el paisaje y los colores, y los verdes luminosos, casi fluorescentes de los arrozales se transforman en oscuros y premonitorios; la llanura desaparece y con ella los campesinos, los búfalos, las pequeñas chozas a lo largo del camino. También el sol se esconde y las gotas que caían en el río son ya plena lluvia tropical en el bosque. Delante, en un taxi colectivo, los pasajeros intentan protegerse como pueden, más del dolor que del frío, de las gotas que caen veloces e hirientes, como si fueran perdigones, sobre sus rostros. El taxi sube renqueante, y el todoterreno lleno de chicas lo adelanta con la insultante soberbia del poderoso. Abajo queda el río y encima, árboles que parecen no tener fin en un silencio sólo roto por la lluvia y los acelerones y recuperaciones del motor del vehículo. Aquí hay sólo árboles y verde, y sobre ellos, el gris del cielo que parece descargar no sólo su furia sobre el paisaje montañoso, sino también toda su inmisericorde potencia.
II.
Otra vez otro río. Koh Kong, como Sray Ambel, se asienta sobre la desembocadura de uno y languidece en plena lluvia con las calles embarradas y sus habitantes protegiéndose del agua debajo de los frágiles techos de los tenderetes. Koh Kong es una ciudad nueva, hecha con tiralíneas, volcada en su pequeño puerto, y que tras la construcción del nuevo puente sobre el río Dong Tong se ha convertido en lugar de paso para viajeros entre Tailandia y Camboya. Basta cruzar el puente y adentrarse pocos kilómetros en la otra orilla para llegar a la frontera, donde florecen los hoteles, casinos y urbanizaciones hechos por y para el disfrute del poderoso vecino tailandés, y construidos con ese mal gusto que impera en cualquier parte del mundo en casi todos los complejos turísticos. Es temporada baja, llueve, y ni siquiera el casino parece animar a la posible clientela tailandesa. Un microbús procedente del otro lado de la frontera descarga un ruidoso grupo de turistas estadounideses, una verdadera pandilla de valientes por haber vencido el miedo a salir de su país en una época que, según sus dirigentes y agregados, está dominada por el terror, el miedo y la desconfianza.
Koh Kong se alinea en la otra orilla y vista desde el puente, en plena oscuridad, con las débiles y escasas luces que la iluminan parece la continuación en la tierra del cielo estrellado. Las guías no la dejan en buen lugar: aburrida, lugar de paso, lluviosa, lejana...., pero tiene el encanto de los lugares de frontera, del mestizaje del dinero y las lenguas: el riel camboyano apenas circula, lo hacen el baht tailandés y el ubicuo dólar en su lugar, y uno se pregunta si la nueva carretera y los nuevos puentes que los tailandeses van a construir en la zona y que pondrá Phnom Penh a siete horas de Bangkok servirá para que la ciudad recupere su identidad camboyana o por, el contrario, se convierta en una sucursal tailandesa al otro lado del río. En Koh Kong sólo se habla camboyano y tailandés, y cada vez que un turista se sienta en la mesa de un restaurante, la camarera le hablará en alguna de las dos lenguas. En esas situaciones de emergencia se echa de menos no ser un políglota como Sir Richard Burton, el viajero inglés, para poder dirigirse a cualquier persona en su lengua o, simplemente, un obrero de Middlesex en Torremolinos que hablaría en su lengua sin importarle realmente que el interlocutor lo entienda. Los sitios fronterizos no se caracterizan por su monumentalidad o belleza, sino por el desorden y el trasiego de personas, bienes y servicios, y el puente ha servido para facilitar todo ese ir y venir. Las ciudades fronterizas pueden ser caóticas, sucias y alocadas, pero tienen el alma fenicia, alma de comercio e intercambio, de relación social y cultural. Las fronteras podran separar estados, pero unen los entornos que las rodean. Koh Kong, fea, aburrida, escasamente sentimental, tiene, sin dudarlo, alma y da una mano a Tailandia mientras espera que Phnom Penh le agarre la otra cuando las obras de la nueva carretera y los nuevos puentes finalicen.
El puerto empieza a despertarse bien temprano, antes incluso de que amanezca. No es sólo el barco que une la ciudad con Sihanoukville. Son también los pescadores, las lanchas, barcas y barquichuelas que siguen cruzando el río y comunicando las aldeas ribereñas a las que sólo se puede acceder por ese medio. Un viaje en barca sirve para adentrarse en los manglares, en ese terreno impreciso que no es mar, ni río, ni tierra firme. En esos lodos pestilentes los pescadores de la zona han construido sus casas sobre pivotes, formando autenticas aglomeraciones venecianas. El sudeste asiático es el lugar del agua, sea de ríos, lagos y mares y sus habitantes, anfibios, se relacionan con ella con la naturalidad del pez: en el agua se comercia, se ama, se habla, se lucha. Del agua se extraen alimentos y entre lodos y charcas pasa la mayor parte de su existencia el animal esencial del campesino asiático: el búfalo de agua. Y es en esas aglomeraciones, esos poblados de latón y madera aislados, volcados en el agua y no en la tierra donde transcurre la existencia de centenares de personas, no solo en Koh Kong sino también en el resto de Camboya y aquello que para otros ojos pudiera parecer insalubre es en estas aldeas signo de vida, medio de transporte, modo de comunicación, basurero y calle.
El cielo vuelve a estar nublado, el aire templado inunda la barca que remonta veloz el estuario camino de nuevo a Koh Kong. El agua es oscura y poco acogedora. Uno niños desnudos se bañan en las orillas entre barcos y lanchas con esa falta de pudor deudora de la inocencia. Es mediodía, el cielo se sigue oscureciendo y desde el horizonte se ve llegar una cortina de agua. Lluvia otra vez y no se adivina un rayo de sol en la lejanía. El monzón descarga con furia de nuevo en esta ciudad aislada, alejada y autosuficiente. Las calles rectas están vacías y la gente se refugia de nuevo en los tenderetes y soportales junto a los perros y los sacos de arroz. Desde un restaurante una camarera mira con desparpajo insultante, musita la marca de una cerveza manteniendo firme la mirada en los ojos del interlocutor con una sabia mezcla entre comunicación corporal y técnicas de venta. En los sofisticados lenguajes no verbales que se practican en esa zona, si el interlocutor a su vez sostiene la mirada, tendrá al cabo de un momento en su mano una lata de cerveza helada sin que haya tenido tiempo suficiente para preguntarse si realmente la deseaba. Unos kilómetros más allá, cerca del mismo camino de tierra que lleva a Phnom Penh, en Stueng Veang, otros niños juegan en medio de la lluvia y chapotean en los charcos descalzos y felices, como los buenos salvajes, mientras se entretienen entre asustados y curiosos en contemplar la barba del viajero, pues el vello facial es bastante inusual entre los asiáticos y más en esa aldea rodeada de agua, cocoteros y arrozales. Los hombres esperan a que pase el chaparrón sentados, distendidos y a cubierto de la lluvia, esperan a que vuelva a salir el sol, y a que el aire vuelva a ser como el cristal y los colores como recién pintados. El círculo virtuoso de agua y sol cumple inexorablemente su cometido y los días de enero de polvo y sequedad parecen, en aquel julio mediado, lejanos e incongruentes, imposibles de atisbar en medio de tanta lluvia.

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