5 de marzo de 2005

El maná amarillo



Cuando el pueblo de Israel caminaba hambriento por el desierto, vino Dios y desde un avión que era un ángel le arrojó maná, que debe saber como el algodón de azúcar de las ferias. Cuando el pueblo de Afganistán vivía hambriento en el desierto, vino Bush y desde un avión que era un Hércules C-130 le lanzó unos ladrillos envueltos en un plástico amarillo, que una vez abiertos saben y huelen a genuino sabor y olor americano: mantequilla de cacahuete.
El maná caía, así nos lo ha contado la palabra de Dios, mansamente: eran copos de nieve en el desierto, la dulzura frente al rigor, como en los desiertos nevados del Atlas marroquí, ocre y blanco, tierra e hielo. El maná de Dios acariciaba los rostros de las gentes del pueblo de Israel mientras que el maná de Bush golpea las cabezas de las gentes del pueblo de Afganistán (que del daño pueden acabar en un hospital, caso de que haya uno cercano). Por eso, lo deben lanzar por la noche, o al menos eso parece de las imágenes verdes que la televisión nos ha enseñado: palets que desaparecen en la oscuridad como si se los tragara una boca enorme, un agujero negro del que, en una perfecta carambola de espacio y tiempo, salen transformados, horas después, en innumerables ladrillos amarillos desperdigados por los áridos páramos de Afganistán. Los cobardes se refugian en la noche, en la ausencia de visibilidad, para cometer sus actos reprobables, y por eso, Bush lanza sus raciones humanitarias de emergencia en medio de la oscuridad, para que cuando amanezca y se haga la luz, los afganos lo comparen con Dios (nada probable), con el maná (poco probable) o con Israel (muy probable), y no con otra cosa. Los campos de Afganistán no sólo producen unos tubérculos que estallan y matan si se les pisan. Ahora de la tierra salen paquetes amarillos que, como caídos del cielo, aparecen de la noche a la mañana sin que nadie haya sembrado nada, sin que el agua, que no cae por la sequía, los haya regado.
Los paquetes amarillos caen con violencia en medio de las bombas. Esa es la diferencia entre ser el pueblo elegido de Dios y el pueblo elegido de Bush: que a unos el maná les hace cosquillas en la cara y les sabe a algodón de feria y palomitas, y a otros les puede hacer sangre y saberles a mantequilla de cacahuete y judías estofadas. Y mientras unos toman racimos y racimos de uvas (es la época: otoño) en la tierra de la leche y la miel, para otros, el postre consiste, en la tierra de la mina y el misil stinger, en bombas de racimo. No es lo mismo que Dios te acoja en su seno a que lo haga el presidente de los Estados Unidos, por mucho que mencione a Dios en sus discursos. Pero aún hay más diferencias: el maná es la comida de los ángeles: es blanco porque es puro, es suave porque Dios no es cruel sino bondadoso y es dulce porque hace olvidar las amarguras de esta vida. Las raciones humanitarias americanas son la cena última de los olvidados: son amarillas, el color de la muerte, son grasientas, para que suba el colesterol y son ásperas, como la piel de las judías estofadas, para que se acuerden de quien las envía. Incluyen servilletas, cubiertos (de plástico, no se les fuera a ocurrir estrellar más aviones) e instrucciones en inglés, francés y castellano. (Pese a las denuncias de un informativo de un canal privado de televisión sobre la ausencia de instrucciones en árabe en los paquetes amarillos, quienes los lanzaron sabían que en Afganistán no se habla esa lengua, sino el pashtún, el tayiko y el uzbeko, entre otras, que se escriben con caracteres árabes o cirílicos, pero no con caracteres latinos)
Las bombas, en cambio, no caen en territorios yermos, como los paquetes amarillos, sino en los almacenes que guardan otros paquetes de comida que, a diferencia de los amarillos, están apilados en el suelo, y no caen dispersa y peligrosamente como los goterones de un aguacero de verano. Las raciones de comida americanas tienen un porte divino, porque vienen del cielo, pero los artículos que se guardan en esos depósitos de los organismos internacionales son tan vulgares como un saco de patatas o de harina flor especial repostería y por eso, porque son vulgares y no celestiales, es mejor que las uvas de las bombas racimo caigan sobre ellos. Las bombas caen también en medio de las ciudades y, lógicamente, cuando a una persona (esté o no en Afganistán) le cae una bomba al lado de su casa, empaqueta y coge el camino hacía la frontera más cercana, esta vez con la ventaja de que no tendrá que hacer acopio de alimentos porque, bien le caerán del cielo por la noche, bien los descubrirá por el día en medio de los sembrados.
Ésto era un inciso, un efecto colateral que no tiene que desviarnos de la idea esencial, que es que unos forman parte del pueblo elegido de Dios y otros, con menos suerte, del pueblo elegido de Bush. Frente a las pretensiones igualitaristas del ayer, el nuevo milenio nos trae un nuevo tipo de injusticia, al igual que un nuevo tipo de guerra: esto es, que a unos los elige Dios para cumplir una misión en este mundo y a otros los elige Bush (éste y el otro), cada diez años, para hacer de blanco de bomba inteligente y afinar la puntería para futuras intervenciones dentro de otros diez años. Y así, tras sucesivos afinamientos, llegará el momento en que baste sólo decir el nombre del objetivo para que desde un buque norteamericano en el Océano Índico se lance un misil que cruce mares y valles, gargantas y pasos, montañas y depresiones hasta encontrar y destruir su objetivo, independientemente de que haya o no razones para ello. La razón no es obstáculo para la tecnología. Sin embargo, lo malo de tener que buscar ahora una aguja barbuda y con turbante en un pajar desordenado y abrupto de más de 600 mil kilómetros cuadrados es que hay que lanzar maná amarillo de vez en cuando para disfrazar el mal de bondad, para parecer Dios (que todo lo ve, aunque compren los derechos sobre los satélites para que no se difundan imágenes comprometedoras), cuando se es el mismísimo diablo.
Lo de menos es que ahora se vuelva a decir (como el general Allenby a T.E. Lawrence en 1917 sobre la creación de un Estado árabe) "of course!!" a una Palestina independiente o que antecesores de Bush hayan dicho también "of course!!" a los afganos que luchaban contra la invasión soviética, entre los que se encontraba la aguja esa con barba y turbante, convertida tras las masacres del 11 de septiembre en la primera preocupación del dios Bush, más que nada porque necesita encontrar un buen culpable que presentar a sus fieles antes que destrozar campamentos vacíos o fábricas de medicamentos creyendo que son campos de entrenamiento o factorías de armas químicas. La justicia ha sido sustituida por la caridad y se prefieren las raciones humanitarias que caen del cielo como un milagro, a los tribunales, organizaciones internacionales y las comisiones rogatorias que caen con el peso de la ley. La caridad y el unilateralismo son las nuevas políticas de esta nueva guerra contra este nuevo enemigo invisible, que aparece cuando quiere y sin que lo podamos evitar en una televisión extraña con letreros extraños hablando una jerga incomprensible. Y en esa condición individual y colectiva de sparring planetario permanecerá Afganistán hasta que ya no haya más paquetes que lanzar desde el cielo porque ya no habrá nadie que los recoja en tierra. Entre los tubérculos que estallan al pisarlos y los racimos que se fragmentan antes de tocar el suelo, no quedará nada del pueblo elegido de Bush, sólo una geografía arisca e inclemente cubierta de paquetes amarillos. Al menos, y ya que, según parece, todos somos América, quedaremos nosotros, el pueblo bendecido por Dios.

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