
La alheña que de nuevo se vende en los mercados libres de Afganistán (por libres entendemos lo mismo que entiende George W. Bush, libres de talibanes, devueltos al redil de la libertad) está contenida en una caja con los retratos de los protagonistas de la película Titanic, Leonardo DiCaprio y Kate Winslet, rojiza ella, rubio él. El barbero de Taloqan, localidad afgana "liberada" (o "caída") por las milicias de la Alianza del Norte vuelve a sonreír porque, de nuevo, puede ejercer su oficio: cortar y arreglar barbas. Está claro que la libertad trae un soplo de aire puro, aire de montaña altísima y cielo claro solo roto por las cuatro estelas blancas que dejan los ocho reactores de los bombarderos B-52 a su paso por los azules intensos de Afganistán.
La libertad, parece, es una ecuación de pelos, tintes y afeites. Las mujeres saudíes, olvidadas en sus velos negros en favor de los burka turquesa de las afganas, son grandes consumidoras de cosméticos que no pueden mostrar y moda que no pueden lucir. No tienen una alianza del norte que las libere con la inestimable ayuda de occidente, porque ellas son "occidente". Lo que más llamaba la atención de las dictaduras comunistas del Este de Europa no era la idoneidad o no de sus gobiernos y regímenes, sino que sus mujeres tuvieran bigote, bragas que les causaran rozaduras y que enloqueciesen con la delicada lencería y perfumada cosmética occidentales, la "halawa"(2) de libertad con la que eliminarían definitivamente esos pelos que tanto afeaban sus rostros, ingles y axilas, según veíamos cada cuatro años en las retransmisiones de los Juegos Olímpicos. Los turistas españoles que van a Cuba a desfogarse llenan sus maletas de pintalabios y sostenes con puntillas comprados, eso sí, en tiendas de todo a cien. La libertad es una polvera, un rímel, una combinación de tacto erótico y suave. La libertad es, sobre todo, una cuestión de estética, de intentar agradar al otro y a nosotros mismos: la alheña que de nuevo se vende en los mercados, el barbero que recupera su oficio en Afganistán.
Las dictaduras, en cambio, son antiestéticas. Las imágenes que nos llegan de Afganistán nos muestran gentes (hombres) vestidos con harapos y turbantes polvorientos, barbas largas como de legionario curtido en razzias contra moros. Mercados medievales de la ciudades afganas: mercancía esparcida por el suelo sólo protegida por otro harapo del polvo eterno, un tomate, alguna lechuga, sacos de arroz, algo de verdura fresca, animales descuartizados que cuelgan de los dinteles de las puertas. Definitivamente, las dictaduras son antiestéticas y por eso las combatimos, por eso las combate Occidente. También por eso queremos que quien nos cuente lo que pasa nos muestre sólo lo bello, lo que no nos haga daño. Las televisiones americanas, con toda probabilidad, han mostrado imágenes desgarradoras de niños en hospicios chinos, de otros niños desnutridos en Corea del Norte, descuartizamientos insoportables en las guerras sin fin del África salvaje y post-colonial: han mostrado, en definitiva, la fealdad del otro. Sin embargo, un recatado pudor les invadió a la hora de mostrar los muertos de la tragedia del 11 de Septiembre: nuestra fealdad queda para nosotros, no es necesario mostrarla. Del mismo modo, tampoco quieren que se enseñe la fealdad que causan sus bombardeos en Afganistán y por eso se han cargado las oficinas de la televisión qatarí Al-Jazira: en pocas horas, la CNN y demás medios nuestros tomarán el relevo para que veamos toda la belleza y bondad de este mundo nuestro. El asco que muchos occidentales muestran en un zoco marroquí o en el mercado cairota de Bab el-Luq es tanto un asco estético como un rechazo animal a aquello que jamás se ha visto tal y como es: uno sale de esos lugares y lo primero que piensa es que los "otros" son unos puercos. La realidad se ha mostrado como es, sin los filtros del pensamiento, la ideología y la comunicación. Los turistas que visitan Marruecos o Egipto viven después de las fotos que toman y los vídeos que graban en los lugares "bellos": el olor del cuero en la zona de curtidores de la medina de Fez o los enormes dientes cariados de las vendedoras de mazorcas de maíz de El Cairo pertenecen a los dominios de la escatología vacacional.
La libertad es también una emisora de radio que no sólo emite azoras del Corán sino también, música para entretener las almas piadosas. Imágenes de agencia de prensa internacional muestran a afganos de luengas barbas que aún no ha dado tiempo a arreglar, escuchando con alborozo la música que tras varios años era imposible escuchar en Kabul. La música, la alheña y la barbería son los primeros frutos de la liberación. En Granada, un teñido Berlusconi se reúne con un, presumiblemente, teñido Aznar y le dice, con el agua de la fuente del Patio de los Leones de la Alhambra como música de fondo, que no se preocupe por ETA: la libertad, al final, vence. Con canas grises afeando su cabeza pequeña, tal vez el discurso de Berlusconi hubiera sido otro distinto. En Islamabad, el general Musharraf se fotografía con los máximos responsables religiosos paquistaníes: a su lado un imam de aspecto feroz suaviza la fealdad de su barba blanca con un apropiado tinte de alheña. También el dirigente paquistaní tiñe sus canas.
La libertad es bella, la dictadura, fea. Los años de Franco fueron años grises. Frente a ellos, Europa se veía como el paraíso del color: las suecas de coloridos bikinis y rosadas carnes que alegraban la existencia de tanto y tanto Alfredo Landa que andaba, cetrino, suelto por las playas de Mallorca, Benidorm o Torremolinos. Los luminosos suburbios americanos frente al ocre de los arrabales que descorazonadamente describía Luis Martín Santos en Tiempo de Silencio. La libertad trajo el color, el destape, el rojo y el morado de las banderas al viento. En Afganistán, la libertad trae el color de la CNN, nuestro narrador de cuentos, al que preferimos frente al narrador de cuentos del otro. Si nos tienen que contar mentiras, al menos que sean "nuestras" mentiras alegres, amables, coloridas y luminosas, frente a las mentiras sangrientas, polvorientas y sucias del otro: Las televisiones occidentales señalan que los afganos del Kabul libre acuden gozosamente a las barberías; Al-Jazira asegura que los pocos que han ido, lo han hecho obligados o temerosos de parecer talibanes. Mejor la alheña rojiza con los rostros de DiCaprio y la Winslet que el turbante negro y sucio (seguramente lleno de piojos) de los talibanes. El rostro empolvado de los presentadores de televisión, los elegantes velos y militantes kufiyas de los corresponsales de guerra son el contrapunto afeitado, el entrecejo concienzudamente depilado como si hubieran pasado por las manos de un barbero egipcio, a los sucios, polvorientos y rudos afganos. La prensa refleja la libertad y por eso es bella, los afganos, los talibanes, reflejan la barbarie, por eso son feos. Necesitan un paquete de alheña con los rostros próximos de los protagonistas de Titanic. Necesitan, como suelen decir de vez en cuando las madres, un buen corte de pelo.

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