12 de marzo de 2009

Un método

Hay un método para casi todo. Se trata de no perderse, de no confundirse, de no dar a uno lo que no lo corresponde. No se trata de abrir la urna, volcarla y que caigan las votos como papelillos en una cabalgata mientras decenas de manos desordenan el caos. No hay nada poético o evocador en contar votos, es pura aritmética y pura política. Y si la aritmética intenta ordenar el caos, porque transforma papeles con nombres escritos en voluntades democráticas, la política hace justamente lo contrario: confunde, enmaraña, distorsiona. Por eso las manos, como si estuvieran amansando papeletas, como si cada uno de esas manos quisiera su parte del pastel, como las fieras que se abalanzan sobre la pieza cazada en busca de la mejor parte.

Uno diría que esas manos intentan poner orden en el caos y trasponer las coincidencias y diferencias entre las papeletas en un resultado legible, creíble y que refleje lo que los votantes escribieron en ellas. Y diría eso porque ese acto tantas veces observado sucede con cada vez mayor frecuencia, lo que no quiere decir que cada vez se haga mejor. En España, por ejemplo, son los representantes de los partidos políticos en cada mesa electoral los que al final se encargan de contar las papeletas, hurtando a los ciudadanos (que, digamos la verdad, se lo dejan hurtar con gusto) el papel de actores principales: los que votan y los que cuentan los votos. Son además ellos, los políticos, los que les dicen a los ciudadanos cómo va el proceso, qué pasos tienen que seguir, qué formularios tienen que rellenar y con qué datos. El ciudadano, que asume de mal grado su presencia en esos actos, se deja llevar y estampa su firma donde le dicen, con tal de que aquello, el recuento, acabe pronto y se pueda marchar a su casa. Hay lugares, en cambio, como Hyderabad, en Pakistán, donde no sólo tienen que contar los votos en medio del caos. Además, les toca, una vez hecho el recuento y mal rellenado los formularios tras doce horas de jornada de votación, sin comer y sin apenas beber, llevar todo el material con sus propios medios hasta un centro de escrutinio donde aguardan horas a la intemperie, junto a cientos o miles como ellos o ellas, con su cargamento de votos a que alguien desde el interior de un edificio desconchado en lo alto de una colina pelada, les recoja el material y les libere de la pesada obligación cívica. Luego, a los pocos meses, aquella transformación de papeletas en voluntades democráticas deriva en enormes conflictos, crisis institucionales, peleas entre rivales políticos, inseguridades y miedos, como si todo aquel esfuerzo en ordenar el caos no sirviera sino más bien para que el propio caos si hiciera inmune, vacunado, al orden y al método.

Y como éste es un método recurrente, a los cuatro años se pone de nuevo en marcha como si nada hubiera pasado.

2 comentarios:

Anónimo dijo...

Hossana, que no era Osana en el cielo sino un lugar de mala vida y peor muerte. Otro de esos puntos negros en los que no repara el cielo cuando reparte sus beneficios.
Leo tu blog y disfruto con estos apuntes del lado oculto de la luna, con esa otra realidad que los informativos no cuentan.
Y, me pregunto, si en Hossana notarán la crisis y la compra de activos tóxicos que ha hecho Obama, sí Obama en el cielo.

Rafael Martínez-Simancas

Manuel Sánchez de Nogués dijo...

Bueno, al menos tienen su mismo color de piel. Y eso puede que les ayude....