Una luz débil de lámpara de carburo. Una choza en medio de un poblado. Afuera, la noche sorprende con esa intensidad no habitual en las ciudades modernas, salpicadas de luces. Pero no, en el poblado no hay electricidad y por eso reina una oscuridad densa, como de plomo. La llama apenas alcanza a iluminar, a dejar ver y, por lo tanto, a observar, las caras serias e incómodas de los representantes de los partidos políticos en esa aldea perdida en Hosanna. Pero, ¿están molestos porque una mujer blanca de pelo ensortijado les está fotografiando o porque nuestra presencia en ese rincón de Etiopía les sorprende en el momento en el que se están contando papeletas? Hay gente que está habituada a la oscuridad y que ven casi mejor en la penumbra que en la claridad, como si fueran habitantes perpetuos de una sala de cine. Tuvo que ser con la llegada y difusión de la electricidad que el ser humano fue perdiendo esa capacidad: la luz a cualquier hora y en cualquier lugar se hizo fácil: bastaba con pellizcar un interruptor para que la noche se hiciera día. En Hosanna, sin embargo, no tenían esa oportunidad: la incomodidad de los rostros tal vez se debiera al fogonazo inesperado del flash, más molesto de lo normal cuando los ojos están habituados, como esos ocho ojos, a la solitaria luz del carburo. Uno de ellos, el de la derecha, intenta hacer cuentas con una calculadora inclinando el teclado hacia la lámpara. Otros dos miran a las cámaras con indiferencia, el tercero mira una libreta ajena. Todos ellos sentados delante de una mesa desvencijada y bastante más pequeña de lo normal, por lo que se deduce que, efectivamente, estamos en un aula, en el aula del colegio de la aldea.La estancia no es demasiado grande. En el suelo de tierra aplastada, cubierto por una estera, se van amontonando papeletas de acuerdo a las marcas que hay en ellas. Sólo se escucha el chasquido de los papeles porque el resto es silencio y oscuridad. Y tensión. Se están escrutando los votos de una mesa electoral en la que se ordenó la repetición de las elecciones por supuestas irregularidades que, parecía, perjudicaban al partido gobernante. Por eso la seriedad de los rostros, el silencio de la noche que se cuela en la choza, la oscuridad ubicua. De las cuatro caras, uno diría que la más tranquila es la de esa persona que lleva un sombrero negro de alas: mira los apuntes de su compañero de banco pensando que la oscuridad le protege, seguro de que sus votos se están contando adecuadamente. El de la bufanda blanca que mira a la cámara de la observadora parece resignado ante la evidente victoria del candidato gubernamental. Al de la calculadora, seguramente, no le salgan las cuentas. O puede que no le esté funcionando bien y por eso la acera a la lámpara, para ver mejor los números que no le cuadran. Todos tienen ese aire de circunspección que asoma en las ocasiones excepcionales. Y ese escrutinio, en realidad, todo aquella jornada lluviosa y fría de junio de 2005, era excepcional. El Gobierno, asustado por una inesperada derrota en la capital, había parado durante un día entero el recuento en el resto del país, para así poder preparar unos resultados acordes con sus expectativas de victoria. En aquel lugar perdido de la provincia de Hosanna, la táctica era obligar a la repetición de las elecciones alegando supuestas irregularidades ocurridas el día que tocaba votar. Una victoria demoledora es un todo que al que sólo se llega arrasando cada una de las partes, y esas partes, en este caso, eran las pequeñas aldeas, el medio rural pobre, aislado, oscuro, donde las discrepancias políticas se transforman en rencillas personales, o en ajustes de cuentas, donde todo se sabe y todo se escucha sin oír y donde todo se ve sin luz, donde las lealtades políticas dependen de la habilidad del jefe de turno. No hace falta, sin embargo, irse a Etiopía para corroborarlo: basta darse una vuelta por algunas aldeas de la Galicia o el País Vasco profundos para comprobar que en esos lugares de la Europa desarrollada también, en política, todo se sabe, todo se escucha y todo se ve. Y se actúa en consecuencia.
En aquella noche de junio, en aquella aldea sumida en la oscuridad, dos alienígenas se acercaron a una choza a observar lo que apenas iluminaba una lámpara de carburo. Las papeletas se apilaban en la estera, mientras algunos hombres anotaban en silencio en libretas y formularios aguardando a que el resultado fuera el que tenía que ser. Y todo para que en aquel lugar nada cambiase. Ni siquiera por la presencia de dos observadores, porque las operaciones aritméticas de recuento de papeletas fueron correctas: las presiones, los miedos, de existir, se asomaron a aquel lugar en días anteriores, cuando nada se observo, cuando nada podía ser observado. A los pocos días, la Policía disparó a una multitud en Addis Abeba que protestaba por unos resultados que creían amañados e injustos. Murieron 36 manifestantes. A plena luz del día.

4 comentarios:
De nuevo, una huella.
Se muestra ante mis ojos lo que antes era oscuro y lejano, y ahora puedo verlo porque alguien lo ha iluminado.
Admiro tu arte.
M
descubro y me descubro ante tu blog.
M
Muchas gracias. Pero exageras....
Un abrazo
Manuel
Breckinridge,
El tuyo, todo un descubrimiento
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