
Hay ciudades que son sólo espacio y no personas, geometría y proporción, pero no alma y razón. Hay ciudades producto del poder y del delirio de una persona y otras del acuerdo de la gente, del tiempo, de la desgracia y de la fortuna; forjadas en la escasez y la prosperidad, sembradas en la alegría y recolectadas en la tristeza, beneficiadas por la bondad y sufridoras de la crueldad. Líneas mortalmente rectas como flechas, esquinas expuestas al viento y al polvo de la estepa y las obras innumerables. Silencio sobrecogedor, incómoda sensación de holgura, de talla demasiado grande. Un coche solitario recorre la avenida y el observador piensa inmediatamente en aquellas películas de espías de la guerra fría, con calles desiertas y sensación de ser permanentemente vigilado. Luego, alguien te agarra por la espalda y te introduce veloz en un vehículo negro mientras mira a su alrededor y ve que los escasos viandantes bajan la cabeza fingiendo que no han visto nada.
Esas avenidas han sobrevivido al paso del tiempo y de la política. Y, además, existen como uno las imagina en ciudades que son geometría y desproporción, producto del delirio de una persona. Astaná, hasta hace pocas décadas una villa perdida en las desoladas estepas de Asia central, es una de ellas, orgullo de quien la concibió y de quienes están planificando esas avenidas y esquinas inclementes, benefactora de magnates y empresas que la construyen fea y barata, y calvario para quienes la pasean y viven. El dedo del poder que un día se inclinó ante un mapa y decidió que ahí donde se posaba su huella debería estar la ciudad donde vivirían sus súbditos, la capital de “su” país, Kazajistán, “su” casa, “su” palacio, “su” monumento y “su” avenida, no puede dar vida al hormigón pretensado, ni a los esquejes plantados en perfecta alineación en la avenida, vencidos por el viento y el polvo incesantes. Tampoco puede ordenar sonreír, ni caminar con la cabeza alta desafiando la polvareda, aunque seguramente le gustaría porque el poder, cuando se detenta en su totalidad, quiere meterse bien dentro en las tripas de las personas. Pero el poder sí puede disponer que por la noche iluminen los edificios y que estos suelten fogonazos de luz blanca como si fuera posible emular la luz de las estrellas. De repente, alguien comenta:
-Pero por la noche es mejor, porque iluminan los edificios
-Mejor no, dice otra mientras mira desde la terraza del hotel. Parece una discoteca.
-Pues por eso que es mejor por la noche!
Y ahí se acaba la conversación. Ambos siguen bebiendo la cerveza más cara del mundo a pequeños sorbos y contemplan los fogonazos que desprende, a unos centenares de metros, la torre Baiterek, coronada en lo alto, literalmente, con la impronta del poder: la huella de la mano del líder en bronce dorado, como la de los artistas en Hollywood Boulevard o la de los zapatos del general Franco en Ceuta. El poder tiene siempre algo de exhibición, egocentrismo y de símbolo fálico. Los emperadores romanos hacían construir arcos, los magnates del capitalismo, rascacielos y los dictadores, cruces y , ahora, torres. Allá, en lo alto de esa torre, dominando la estepa y la ciudad en ciernes, el poder impone su mano protectora, sanadora, benefactora. Construye con su mano y con la de los más prestigiosos arquitectos del mundo la nueva ciudad, la nueva capital de calles vacías y sol inclemente por los que transitan autobuses desvencijados y coches de los años ochenta, salidos de los mercados centroeuropeos, que circulan por pasos a elevados, que rodean plazas amplísimas salpicadas de tristes quioscos donde venden vodka y cerveza. Alrededor de la torre se agrupan los ministerios, las distintas oficinas administrativas, las sedes de las compañías de petróleo y gas, los símbolos del nuevo poder, entre los que no figura el edificio del parlamento. Detrás, levantando un poco la vista, se vislumbra la residencia del presidente, mezcla estrafalaria entre la Casa Blanca, la altivez de las construcciones soviéticas con pináculo incluido y el domo de la roca de Jerusalén.

5 comentarios:
Lindo artículo.
No lo buscaba, de pronto lo encontré, luego, ya no soy la misma.
Las pequeñas historias van dejando sus huellas. No dejes de escribirlos.
martina
Me fascinan las ciudades, sobre todo la que crecen de modo natural. Algunas de mis favoritas, sin embargo, son en realidad producto de un diseño rectilíneo: Lisboa (la Baixa), Nueva York. También Barcelona fue diseñada así, con un cartabón y un lápiz. Lo importante no es el diseño urbano sino que el crecimiento sea natural, adaptado a las necesidades y creando tejido ciudadano. Ése es el problema de un sitio como Astaná o Sanchinarro: no hay tejido urbano, sólo una concatenación de edificios, mejores o peores.
Gracias, Martina...
Gracias, Breckinridge, por tu comentario también. Releo esta entrada, que escribí hace un par de años, aunque la subí al blog hace pocos meses y no me gusta. La encuentro pedante y pretenciosa, como sin saber exactamente lo que quería escribir.
Si te gustan las ciudadades rectilíneas y con alma, te aconsejo un paseo por las ciudades del antiguo protectorado español en Marruecos, sobre todo por Tetuán, con su ensanche en cuadrícula, sus casas de estilo neomudéjar, sus chalets racionalistas. O, sin salir de España, por Melilla, tan modernista, tan desconocida... y tan distinta a Ceuta.
Aprovecho el diálogo para hacer un comentario sobre mi ciudad.
San Carlos de Bariloche, (en la Patagonia argentina) está en medio de un Parque Nacional, pero al ser turística atrae cada año más y más empresas multinacionales que buscan figurar. ¿Qué tienen que ver las Donuts con el dulce artesanal de Rosa Mosqueta? o es que ahora vamos a cultivar lombrices..
Y por otro lado, lo del "alma de la ciudad/pueblo".. es notable como ha sido en general desplazado (no me atrevería a decir evolucionado/transformado) por cada 'porteño' que ha decidido alejarse de los disturbios de la ciudad y que viene -cada vez son más- a restaurar su órden a la paz de la naturaleza (en perjuicio de la naturaleza) y entonces.. sólo lo conservan aquellos que aún salen el día de las montañas limpias con su bolsita. No hay educación medioambiental en un parque nacional...
En fin, Bariloche es una ciudad hermosa y, a los que somos barilochenses, esto entristece un poco, pero no esta todo dicho, mucho por hacer.
Ahi dejo el comentario, para compartirlo con ustedes, saludos
M
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