31 de diciembre de 2009

Miedo por primera vez

Hace veinte años, día arriba, día abajo, que me encañonaron por primera vez. Hace ahora veinte años, además, de un viaje que cambió, aunque suene altivo decirlo, buena parte de mis percepciones sobre el mundo y sobre mí mismo. Los viajes tienen también, aunque suene patológico decirlo, una función terapéutica. Uno, yo en este caso, no viaja simplemente por placer o por descubrir lugares y personas desconocidas, sino que lo hace también para descubrirse a sí mismo, diagnosticarse y, si es posible, tratarse. Algo de eso me sucedió en ese viaje hace veinte años a Jordania, Palestina e Israel, que hice cruzando el mar Rojo desde Egipto a donde me había ido a vivir. Y seguramente, fue la punta de un fusil israelí que me apuntaba a la cabeza el tratamiento, visto veinte años después, que más me convenía en ese momento. Y creo que aún me sigue conviniendo. Luego me han vuelto a encañonar más veces, y siempre en la misma región, pero fueron como dosis de recuerdo de la vacuna que me inocularon a la salida de Nablus, en los entonces (y veinte años después también) territorios ocupados por Israel, montado en un destartalado taxi palestino camino de vuelta a Jerusalén con otros dos compañeros de viaje y entonces amigos.

Habíamos llegado esa mañana a Nablus nunca supe muy bien por qué motivo aunque pueda imaginarlo perfectamente, ya que los tres compañeros de viaje éramos unos recién licenciados en periodismo y en aquellas tierras se estaba librando lo que ahora se denomina primera Intifada (antes sólo se la conocía como Intifada). Supongo que lo que queríamos, espoleados por cierto idealismo y una confesable simpatía ideológica y cultural por lo palestino, era vivir de primera mano (y vivir para contarlo) ese ciclo continuo de acción-represión-acción que se vivía a diario en aquella y otras ciudades palestinas: unos jóvenes empezaban a tirar piedras contra los soldados israelíes, los soldados repelían los ataques con armas de fuego lo que provocaba reacciones más virulentas por parte de los palestinos, y así, vuelta a empezar. Nablus, además, tiene un casco antiguo que se encarama a las laderas de un monte, calles estrechas, casas de piedra blanquecina, callejones, patios y recovecos, ideal para el toma y daca, para el juego diario a buenos y malos. Alguien, otro amigo más ideologizado aún que nosotros (o al menos, más que yo), nos había dado la dirección de un señor que vivía en ese casco antiguo y nosotros, sin saber muy bien por qué nos dirigimos a su casa, supongo a que nos contase sus experiencias de palestino ocupado y oprimido. No recuerdo muy bien lo que nos relató, aunque eso importa poco veinte años después visto en lo que han derivado las vidas de palestinos e israelíes. Importa, o me importa a mí, sin embargo, el hecho de que el señor era pastelero y que Nablus es conocida en toda Palestina por la calidad de sus dulces tan deliciosos como empalagosos, entre los que sobresale la kanafeh, rellena de queso y cubierta de un almíbar, que él nos ofreció hospitalariamente.

Pero el verdadero postre vino después, cuando abandonamos la casa. Creo que a lo lejos deberían oírse disparos, carreras, gritos, porque salimos con el miedo metido en el cuerpo, bajando las estrechas calles vacías hasta el lugar donde deberíamos tomar el taxi de vuelta a Jerusalén. El miedo es esa enfermedad contagiosa que uno nunca se atreve a declarar, pero que se puede percibir en las miradas, en los gestos y en las palabras. Yo tenía miedo. Miedo no por ser parte del conflicto, sino por estar en medio de donde la prudencia indica que no se debe estar. Uno, o sea yo, tiene además la sensación de que los demás disimulan mejor el miedo: les oía despotricar en contra de Israel y su ejército, compadecerse de las desgracias del pueblo palestino ocupado, pero no percibía en sus ademanes el inconfundible aroma del terror que estoy seguro me delataba. La red de callejuelas desiertas que andábamos bajando desembocaba en una plaza espaciosa, destartalada, también vacía, cruce de caminos entre la nueva y la vieja ciudad donde nos había dejado horas antes el taxi. En medio de la refriega que dejábamos atrás, con soldados apostados en las esquinas y mujeres que corrían presurosas, tomamos otro coche de vuelta a la seguridad de nuestra pensión de Jerusalén.

II.

Fue a la salida de Nablus en un control de carretera que me encañonaron. Estaba yo sentado al lado de la puerta cuando el taxista se paró y nos pidió que bajásemos las ventanilla. Un soldado metió el cañón de su fusil en el interior del vehículo. Era un israelí de origen etíope más joven, creo, que todos nosotros: miró y preguntó qué habíamos ido a hacer a Nablus y que si hacíamos turismo, era mejor ir a otro mejor sitio. Mientras hablaba, yo me fijaba en la punta del fusil, brillante, gastada, lo que indicaba uso y de un diámetro más grande de lo que me hubiera podido imaginar. La diferencia entre estar vivo o estar muerto era tan sutil, tan imperceptible como el simple movimiento de su negro dedo índice en un gatillo gastado. Un tic nervioso, un ruido inesperado o el miedo bastaban para hacer mover ese dedo. Alguna vez he tenido un arma en mis manos y no fue en el servicio militar que no hice, al contrario que ese muchacho que me apuntaba con su fusil, sino en alguna ocasión que mi padre, hijo de militar, sacaba la vieja pistola de mi abuelo, ya inservible, y la mostraba con el orgullo y la nostalgia de un padre al que nunca conoció. Alguna vez tuve en mis manos esa y otras pistolas o revólveres o escopetas de amigos y familiares con licencia para tenerlas por su profesión o afición. Nunca entendí que placer se obtiene al disparar o tener un arma en las manos, pero precisamente por eso era capaz de comprender el miedo que sí sentía cuando vi tan de cerca por vez primera la punta de un fusil apuntándome a la cabeza.

-Id a Masada. Os gustará, dijo.

Y nos dejo pasar. Veinte años después pienso si ese soldado de origen etíope recuerda a tres jóvenes españoles con los que se cruzó en un control de carreteras a la salida de Nablus una fría tarde de finales de diciembre, tan vivamente como yo le recuerdo. Para él, meter el cañón de su fusil dentro de los vehículos que inspeccionaba debería ser un ejercicio rutinario que no le dejaba rastro en la memoria, pero no creo que se encontrara con frecuencia en esos controles con tres jóvenes asustados y tan inconscientes como idealistas que aseguraban haber ido de turismo a Nablus cuando les sorprendieron las batallas callejeras de la Intifada. De igual modo que uno nunca es totalmente responsable de la influencia que sus obras y palabras pueden tener en otras personas y, por lo tanto, escapan a su control las consecuencias de sus actos, el soldado nunca sabrá que ese día en Nablus, esos disparos, gritos y carreras que oía yo en la lejanía mientras bajaba por las callejuelas de la ciudad vieja y, finalmente, ese fusil con el que me encañonó me hicieron ver realidades que aún no han desaparecido. Y no se trataba únicamente de la realidad palmaria de un conflicto inacabado que, sinceramente, cada vez me importa menos, sino de la existencia evidente del riesgo, del peligro y, sobre todo, del miedo. Hace veinte años yo era un chico feliz, pero con dudas, inconsciente y, por encima de todos los calificativos, extremadamente inocente. Hasta aquel día. Y aún tengo la esperanza, inocente de mí, de que aquel soldado del control de carreteras se acuerde de mí y del miedo que ahora sé que me ayudó a crecer.

Al día siguiente, entre indignados y yo creo que asustados, cogimos el primer autobús que salió de Jerusalén en dirección a la frontera con Egipto.

14 comentarios:

theodore dijo...

Todo muy freudiano: perder la virginidad (emocional) con el cañón de un arma que penetra por la ventanilla de manos de un joven guerr(ill)ero que deseas que no haya olvidado el momento en que te desfloró (emocionalmente, again)... Y tan bien relatado como de costumbre.

Qué vida más intensa.

Feliz Año Nuevo!!!

Muchos besos.

Manuel Sánchez de Nogués dijo...

Igualmente, Theodore, feliz 2010!!!

Ahora me que doy cuenta, veo que tienes toda la razón.... En qué estaría yo pensando!!! :)

Un beso

Anónimo dijo...

Espero que fueseis a Massada al final.

A mí me pasó lo mismo que a ti en los territorios ocupados pero años después. Mi sensación no fue tanto de encañonamiento como de "chuquillo, ten más cuidadín con eso que puedes causar una desgracia". Lo que pasa es que además, en m caso, se trataba de un guapísimo argentino de 18 años y claro... pasa lo que pasa.

Aprovecho y salgo del armario: soy un gran amante y defensor del Estado de Israel, y me da una pena tremenda ve que va de mal en peor y elige gobernantes cada vez más funestos. También soy defensor de la causa palestina, porque las dos cosas no son ni mucho menos incompatibles, pero su lucha nos e ha podido expresar de peor manera a lo largo de los años. No me voy a meter en politiqueos, pero cuando quieras lo hablamos.

Nablus me encanta, por cierto. De las ciudades palestinas me quedo con Hebrón y por supuesto Jericó. Qué recuerdos...

Qué maravilla de post. Tienes que escribir más este año. Y Teodoro es un cerdo, no ve más que falos por todas partes. Y te dice que eres intenso, él es in-tenso.

Feliz 2010!!!!

Manuel Sánchez de Nogués dijo...

Hebrón es la única ciudad de la zona que me falta por conocer, porque he estado hasta en las aldeas drusas del Golán......

Y no, fuimos a Massada porque al día siguiente cogimos el primer bus en dirección a Eilat y la frontera egipcia. Estuve en Massada, que impresiona, pero en un viaje posterior.

theodore dijo...

...anda que si no llego a hacer el anal-isis, ya verías tú lo pronto que sacaba el tema la ardilla. Rabiosa!!

MoñeoTillTheEnd Kisses ;)

Manuel Sánchez de Nogués dijo...

Perdonad, pero éste sí es un blog serio....
:)

Anónimo dijo...

Serio, my ass... Feliz Novedad de año total (hay que poner voz de McNamara al decirlo).

Manuel Sánchez de Nogués dijo...

Te falta el chas chas entre el TO y el TAL....
En cualquier caso, tu ass será muy serio, pero tú.... Y no digo mah ná!!!

Besos a ambos

Unknown dijo...

Sentir el miedo es toda una experiencia, a veces puede que hasta el motivo de un gran cambio de perspectiva vital. Yo me las he visto también con cañones pero de otro tipo, de esos que se reproducen descontroladamente y sólo responden, a veces, a determinadas armas químicas. Sí que cambia si, es muy terapéutico. Lástima que no haya alternativa para obtener el mismo efecto neuronal.

Un besote añal

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Oye, bonito, que van 21 dias desde que empezo el anho y no te has estrenado aqui... se te echa de menos.
besos

Manuel Sánchez de Nogués dijo...

Lo sé guapetón, pero cuando uno no tiene nada que decir está mejor callado. No es más que una excusa, pero prometo volver con una entrada sobre Egipto, desde donde escribo, horas antes de volver a Madrid.