12 de julio de 2009

La esquina del mundo


El lago

Crepita el fuego en la chimenea. Cuando se vive del hemisferio norte resulta extemporáneo hablar de fuegos crepitantes en el mes de julio, pero aquí, en la Araucania, en el hemisferio sur, es pleno invierno. Son las seis de la tarde y hace media hora que el sol se ha puesto por la orilla opuesta del lago Villarrica. Ahora el lago está plácido y oscuro, pero cuentan que de repente se levantan enormes tempestades sobre él, como si fuera una laguna Estigia, pero fuera de sitio, que mueve y abomba los enormes ventanales de la casa. Afuera se escucha el ruido de una bandada de patos que cruza el lago. O eso imagino porque tengo el lago a mi espalda y no me vuelvo para comprobar lo que escribo, lo que me convierte en pésimo periodista porque no verifico la información.

En uno de los extremos del lago Villarrica se encuentra Pucón que se parece demasiado en esta época del año a Cicely: casas de madera, camionetas pick-up, forros polares, camisas de franela. Faltaría el alce paseándose por las calles del pueblo y cierta dosis de locura entre sus habitantes: tampoco lo he comprobado. Al fondo, tapado por las nubes, un volcán que es igual a aquel que dibujaría un niño si se le pidiera que dibujara un volcán: un cono perfecto, completamente nevado, coronado por un penacho humeante, como si estuviera a punto de vomitar algo más. No produce temor, sin embargo, la visión de un volcán en activo. Resulta fascinante y uno, en aquellos días en los que en cielo despejado lo permite, no deja de mirarlo casi embobado, esperando a que de repente ruja y cruja, imaginando fumarolas de azufre que levantan hacia el cielo o enormes nubes de vapor procedente de la nieve que se derrite al instante al contacto con la lava. Nada de eso ha ocurrido, ni tiene visos de ocurrir en un futuro muy próximo, o al menos, tan próximo como el tiempo que dure la estancia por este paraje silencioso, de bosques apretados de coníferas y abedules donde la gente vive tranquila y donde se refugian, como en tantos lugares poco explotados alrededor del mundo, personas que viven en los márgenes de la sociedad, o que se apartan voluntariamente de ella para vivir a sus espaldas. Uno, al ver a sitios así, tiene la impresión de estar en una de las esquinas del mundo. Y en cierto modo lo está.

En cierto modo, porque el camino para llegar hasta aquí es una autopista de peaje de casi 700 kilómetros que nace en Santiago y acaba 300 kilómetros más abajo en Puerto Montt. Desde ahí hasta Punta Arenas o Puerto Williams, en la Tierra del Fuego, quedarán aún más de mil kilómetros de caminos sin asfaltar y esos lugares sí que son la verdadera esquina del mundo. A los 700 kilómetros de autopista hay que añadirle otros 150 de carretera secundaria en perfecto estado, con lo que si alguien pensó tras leer estas líneas que Pucón y el lago Villarrica son paraísos virginales que no han sucumbido a los encantos de la civilización, que siga 1.000 kilómetros más hacia el sur. No sólo no hay cobertura de telefonía móvil, sino que ésta de última generación. El lugar está lleno de restaurantes, tiendas de souvenirs, bancos y supermercados. A los pies del volcán hay una estación de esquí y por los alrededores existen lugares para pasear, montar a caballo o en quad, hacer rafting o vela. Cuando llega el verano austral, desde mediados de diciembre hasta mediados de marzo, Pucón se llena de visitantes procedentes de la lejana Santiago y cuentan que se transforma uno de los principales centros de veraneo de este país. Ahora en cambio, en invierno, es lo más cercano a un paraíso, frío, pero paraíso.

Pero pese a todo, uno sí que tiene la impresión, tras 14 horas de avión y ocho horas de carretera, de que las esquinas del mundo no deben estar muy lejos: ríos de aguas cristalinas que bajan veloces desde la montaña, lagos inquietantemente plácidos, bosques que no se acaban, el volcán perfecto que todo lo domina y, sobre todo, la impresión ya relatada anteriormente de que todo está recién puesto y de que nadie, hasta que uno lo ve, ha visto con anterioridad estos montes, lagos, ríos y volcán. En cualquier caso, si el mundo fuera plano, este lago Villarrica al que estoy dando la espalda, debía ser el final, como la laguna Estigia y por eso esa sensación de que desde aquí, aunque no sea verdad, una vez que se llega no se puede seguir adelante, sino que hay que dar la vuelta.

3 comentarios:

Squirrel dijo...

Tienes mucha razón cuando dices que a veces llegas a sitios en los que la única solución es dar la vuelta, ya no se puede seguir. Y qué envidia poder estar frente a un fuego. Fuego es lo que hay en el ambiente estos días en Madrid. Disfruta, disfruta...

theodore dijo...

Debe ser curioso un sitio de veraneo como ese. A mí desde luego me sugería un mundo virginal e idílico, sin tiendas, sin tráfico. SIN BANCOS. Ay, donde no llegue la mano voraz (¿se puede decir "la mano voraz?") del hombre.

Y un volcán. Wow.

Abrazos.

Manuel Sánchez de Nogués dijo...

Nota de la redacción: En aras de la verdad, hoy he descubierto que Puerto Williams, la ciudad más al sur del mundo está a más de dos mil kilómetros de Pucón. En cualquier caso no, creo que desvirtue mi entrada mil kilómetros más o menos. No somos geógrafos ni agrimensores.
Breckin: todo tiene su momento: fuego de chimenea en invierno. Fuego en el ambiente (atmosférico) en el verano. Cuándo se está upside down se confunden los calores y los fuegos
Theodore: prometo subida al volcán y contarlo (si bajo :))

Besos y abrazos
Manuel