5 de julio de 2009

Reflexiones de invierno (II)


Recién colocado

Volcán Cotopaxi, Ecuador

Hace 26 años crucé por primera vez el Atlántico y llegué a América, al continente americano. Esta aclaración tal vez sería innecesaria si no fuera por que los estadounidenses se han apropiado del nombre América para referirse a su país, pero es necesaria porque mi primera vez en América fue en los Estados Unidos. Fui a un lugar lejano en el espacio y en la mente que no era más que un puntito en mis mapas de estudiante de bachillerato, y si no fuera porque aparecía, aunque diminutamente, en mi atlas y porque estuve allí jamás habría sabido de su existencia. Tal vez el nombre del Estado en el que se encontraba, Idaho, me fuera más familiar, porque recordaba vagamente a las películas del oeste que en muchas tardes de invierno, como ésta, ponían en la televisión. Con cierto tesón y una enciclopedia, el nombre empezó a hacerseme más familiar, hasta el punto de que pude conocer, antes incluso de llegar a él, su etimología. Boise, que así se llama la ciudad, viene del francés bois que, como todo el mundo sabe (lo digo así para que nadie se considere desplazado por no hablar francés: yo no lo hablo) significa bosque. Y sí, Boise era una plácida ciudad estadounidense de provincias a los pies de las Montañas Rocosas, rodeada de unos bosques interminables de los que tomó su nombre.

Tuve la oportunidad de visitar esos bosques de los que sólo tenía la referencia que ofrecían la series de televisión en la España de los primeros ochenta: tramperos con gorros de piel de castor, cabañas de madera, Zebulon Macahan y la Conquista del Oeste. Lo hice gracias a la familia estadounidense que me acogió en su hogar durante aquel verano de 1983 que cumplí 17 años y que los viernes cogían una camioneta Dodge como las que yo veía en la tele para pasar el fin de semana en una cabaña que poseían en mitad de la nada, en medio de un espeso bosque de coníferas que yo, adolescente ceutí, acostumbrado a la aridez de mis paisajes norteafricanos y andaluces, jamás había visto sin la intermediación de la fotografía, el cine o la televisión. No era sólo la monumentalidad del paisaje, los bosques de abetos interminables que subían por laderas escarpadas, las rocas enormes de aristas afiladas, el agua limpísima que corría por los arroyos lo que más me llamaba la atención. Al fin y al cabo, todos esos detalles se ven perfectamente en una pantalla y yo los había visto ya en el cine o la televisión. Era, por el contrario, una sensación que trasciende lo visual y ese aire de deja vu que tienen las cosas que ves directamente por vez primera cuando ya las has visto por otros medios. Yo tenía la impresión de que estaba estrenando ese paisaje y que algo o alguien lo había puesto allí hacía poco tiempo para que yo lo disfrutase. La soledad y la casi nula presencia humana acentuaban esa sensación. Uno circula por Europa, África o ciertas partes de Asia, incluso por el desierto, y no es difícil constatar la huella del hombre en la naturaleza, incluso en aquellas zonas que creemos más remotas. En América, en Idaho, en Boise, parecía como si, al entrar en esas zona salvajes, estuviésemos rompiendo un precinto de garantía.

Lago Caburgua, Chile

Esa impresión me ha acompañado en otros lugares de América: islas Galápagos y el volcán Cotopaxi en Ecuador, el lago Caburgua y el volcán Villarica en Chile, la carretera que cruza los Andes entre Pucón y San Martín de los Andes, salpicada de bosques de araucarias, incluso en las colinas sembradas de cafetos en Matagalpa, Nicaragua . Todo en aquellos lugares estaba recién colocado, virginal, y uno piensa que sobra entre esos paisajes espectaculares, entre esa naturaleza que bulle, entre la fragata que se lanza en picado al mar a pescar o el lobo marino que nada a tu alrededor o las fumarolas del volcán que te advierten de su incontestable superioridad sobre el hombre y sobre todo lo que éste ha creado. Y creo que por eso soy urbano, porque el hombre ha evolucionado y ha modelado tanto el mundo a su conveniencia que sentimos que la vida salvaje nos es ajena y que somos meros intrusos en ella. O al menos, yo.

8 comentarios:

theodore dijo...

Con tu blog me ha pasado como con el de Breckinridge y el de Stanwyck. Llevo leyéndote desde que apareciste por Breckin's ("confieso que he leido"), me encanta como escribes y lo que cuentas....pero nunca me atreví a comentar, me siento tan cateto y provinciano (envidia pura) con vuestra vida de viajes y conocimientos (del medio, del extremo y del más p'allá) que solo se me ocurren loas y parabienes, así, a cascoporro y sin mucho criterio. Pero justo es que te devolviera hoy la visita y el comentario, y amenazo con volver, aunque sea para loar y parabienear :-)

El post, estupendo, qué te voy a decir si es la verdad, jeje.

Un abrazo

Manuel Sánchez de Nogués dijo...

Theodore, muchas gracias por pasarte por mi blog, gustarte lo que meto y comentar la jugada. A los catetos no les gusta Alison Moyet ni van al Sonar, así que no te preocupes. Además, e puede ser cateto y viajado, que yo conozco unos cuantos. Otra cosa es lo de provinciano: yo lo soy, más que de provincias soy de colonias y orgulloso de serlo, aunque viva en Madrid.

A mí en el fondo me encantaría que mi blog fuera más ameno y petardo, pero me salen unos churros que deben aburrir hasta a las piedras, ¡qué le voy a hacer!

Un abrazo y que moltes gracies
Manuel

Unknown dijo...

Buenas, he llegado hasta aqui desde el blog del reputadísimo y afamado Theodore. Me ha gustado mucho la entrada y el planteamiento de la dicotomía esa tan humana entre el animal natural y el urbanita acomodado pero me has dejao con una duda más grande que la que tenía antes de leer tu blog con respecto a donde poner el huevo próximamente.

Si ponerlo el la europa nórdica, en un núcleo urbano cerca de la naturaleza "no tan natural" o mover la ficha hacia el nuevo continente y dejarlo caer a salto de mata de uno de esos bosques con precinto, como los váteres de las habitaciones a estrenar de un hotel. Cagunlaleche.

Te doy las gracias pero con "peros".

Un saludo y buen día

Manuel Sánchez de Nogués dijo...

Gracias Aloofness por entrar y dejar tu huella. Yo me considero un amimal urbano cien por cien y además de ciudades grandes, de medio millón de habitantes para arriba. El Cairo con 16 millones y México DF, con 22 millones están entre mis favoritas. Creo que, como seres sociales que somos, estamos abocados en vivir en ciudades y a concentrarnos en lugares que nos ofrezcan algo más que alimento y refugio. Para mí, eso algo más, sólo lo ofrecen las ciudades. Tengo sin embargo un enorme respeto por la naturaleza y su conservación y por eso escribo sobre esos lugares casi vírgenes con precinto, porque me gustaría que nadie lo rompiese jamás.
En fin, a mí por ejemplo, me encantaría vivir en Estambul, que es otra gran ciudad que me gusta mucho.....

Un abrazo y gracias de nuevo
Manuel

Squirrel dijo...

No te quejaras de que no te llevo lectores....

Yo soy una rata de ciudad, mejor dicho, una cucaracha. pero lo que mas me gusta es la naturaleza, y America es el continente de la naturaleza por definicion. La costa oeste de EEUU, el amazonas (que solo he sobrevolado, la nariz pegada a la ventanilla), el aconcagua...

Theodore, siempre pienso que el mas elegante y sofisticado de mis lectores eres tu, no te hagas el paleto-casporro (me meo), que no te pega ;-)

Manuel Sánchez de Nogués dijo...

Breckin: Cuarto y mitad de chopped pork del barato te voy a regalar, que mo me da para jamón del bueno :)...

coxis dijo...

Suscribo 100% lo dicho por Mr Theodore.

Manuel Sánchez de Nogués dijo...

Gracias, coxis. Pero soy un hombre del pueblo sensillo y natural, jajajaja. Uno habla a partir de su propia experiencia y debo reconocer que soy bastante afortunado en eso... En otras cosas no tanto, pero that's life.

Un abrazo