2 de julio de 2009

Reflexiones de invierno (I)

Un jardín de invierno

Un tropezón



Llega uno al invierno de repente, tras una noche de avión, y se encuentra con perros enormes tumbados al sol del mediodía en mitad de la plaza de la catedral. Tan grandes y tan dormidos que no les da tiempo a desperezarse cuando la gente, despistada, tropieza con ellos porque en vez de mirar al suelo, mira a los abetos y palmeras de la plaza. Al fondo, al final de una calle larga y recta, se adivinan unas montañas nevadas y cercanas y, dada esa cercanía, sorprendentemente altas porque la llanura en la que se ubica la ciudad acaba abruptamente en repechos que comienzan a subir y continúan subiendo hasta culminar, y no es exageración, en la montaña más alta de la cordillera, de la cordillera de los Andes: el Aconcagua.
El tropezón que acabó con sus huesos en el suelo de piedra de la plaza de la Catedral de Santiago la dejó a ella algo dolorida y con disimulado susto, y al perrazo tan sorprendido que no tenía ni ánimo de quejarse. Ni gruñó ni ladró: miró asustado y se marchó para buscar otro rincón caliente al sol.

Upside down

Uno, cuando era pequeño no lograba entender por qué los habitantes de la antípodas no caminaban boca abajo. Era uno de esos misterios de resolución cuestionable, como el de sí la tierra es redonda, por qué el horizonte es recto y no curvo o de cómo es posible que sea la tierra la que se mueva si lo que vemos cruzar el cielo todos los días es el sol. La lógica de las antípodas es que están en el punto diametralmente opuesto al que uno se encuentre en ese momento y si uno, como decían los mapas, se encuentra en el hemisferio norte, que en los mapas se sitúa arriba, los que estén en el hemisferio sur, que en los mapas siempre está abajo, y siendo además la tierra redonda, deberían tener el suelo como techo y el techo como suelo. Pues bien, puedo asegurar que los habitantes del hemisferio sur caminan con los pies en el suelo, estando el suelo por debajo de sus pies, y tienen el cielo por encima de sus cabezas. Y si esto es así, ¿no será que los habitantes del hemisferio norte, cuando uno está en el hemisferio sur, caminan boca abajo? Y los que viven en las zonas ecuatoriales, ¿andarán de lado? Puedo también asegurar que no, que caminan con los pies en el suelo. Y es que no hay nada como viajar para comprobar que Newton y Galileo tenían razón.

3 comentarios:

Squirrel dijo...

Me has dejado preocupado por el pobre perro. Y envidioso por haber pasado al invierno, que a mí me gusta mucho más que el verano. Sólo he estado una vez en Santiago y la neblina no me dejó ver los Andes desde la ciudad, aunque sí lo hice desde el avión. el Aconcagua es realmente majestuoso.
Enjoy!

Manuel Sánchez de Nogués dijo...

Pues nosotros estábamos más preocupados por Marifrí, que se cayó de bruces al suelo al tropezar con el perraco, dejandola cojeando y con la pierna dolorida. Ya que no pudiste ver los Andes en toda su majestuosidad, te mandaré una foto cuando pueda.

Squirrel dijo...

Era ella? Good heavens, pensaba que se trataba de alguien anónimo. Lo siento un montón...