28 de agosto de 2009

2050



Los humanos somos los únicos seres vivos conscientes de nuestra mortalidad. La muerte, sin embargo, resulta ajena y distante en la infancia, incluso si se vive de cerca en la falta repentina y extemporánea de alguna persona muy querida, porque los niños tienen la maravillosa capacidad de dejar de lado lo que no les gusta. Y evidentemente, a nadie le gusta la muerte. Y menos aún a los adultos, que comenzamos a darnos verdaderamente cuenta de que el final existe cuando doblamos la esquina, cuando nos vemos ya en la segunda mitad de nuestras vidas. Yo creo que esa esquina ya la he doblado con creces, ya que la edad media al fallecer en España debe estar entre los 76 y los 80 años, una de las más altas del mundo, es verdad, pero de poco consuelo cuando cada año que pasa sabes que te queda menos. Hoy no voy de pesimista, ciertamente, pero es que viendo el final, por casualidad, de una de mis series favoritas, “A Dos Metros Bajo Tierra”, y la que mejor retrata el fin de esta vida, he pensado, como Jorge Manrique hace más de 500 años, en “cómo se passa la vida, como se viene la muerte, tan callando”.

Por eso he colocado el vídeo. Algo largo, eso sí, y también lacrimógeno al principio. Claire, la hermana pequeña de la familia Fischer, ha cobrado por fin la herencia de su padre y se marcha a Nueva York a trabajar como fotógrafa, su gran afición. Llega el día de la partida y suena el despertador de Claire, que mezcla en sus sueños la música que sale del aparato con la voz y la imagen de su hermano Nate, recientemente fallecido, hasta que finalmente abre los ojos y se despierta. En la siguiente secuencia, ciertamente la más edulcorada, Claire se despide de los restantes miembros de su familia: su madre Ruth, su hermano David, el novio de éste último, Keith (¡qué guapo!), y los hijos de ambos. Seguidamente, Claire se monta en su coche, un Toyota Prius híbrido, como no podía ser menos en una serie progre californiana, para dirigirse a Nueva York. Y aquí comienza la parte más original y para mi gusto, la más emocionante de toda la serie: el obituario de todos los miembros vivos de la familia Fischer. Empezando por Ruth y acabando por la propia Claire, que muere en 2085 a la edad de 102 años. Y en todos los obituarios, en todas las escenas finales de estos personajes se repiten las mismas características: mueren siempre, sea fortuitamente o no, rodeados de sus seres queridos y viendo a aquellos seres ya fallecidos que tanto quisieron. Viéndolos, lógicamente, como eran antes de morir, en una extraña elipsis vital y temporal, es decir viéndolos más jóvenes y lozanos que lo ellos lo eran justo en la hora de la muerte.

Hace poco me preguntaron que cómo quería morir y contesté que dormido en la cama sin causar tristeza. Es casi imposible que ambas condiciones puedan cumplirse, porque muy pocas personas se van a dormir para no despertarse jamás y menos aún, afortunadamente, sin causar tristeza con su muerte. No es un rasgo de sadismo, no: que la gente se entristezca por tu falta indica que eres una persona querida y que, seguramente, tú también quisiste a los que te rodean. Y si eso es así, es poco probable que no se apenen por tu marcha. Por eso también, nadie se va del todo porque permanecen con nosotros tal y como eran: con sus alegrías y sus tristezas, sus altos y sus bajos, jóvenes, risueños, alegres, lozanos. O al menos, pensar así nos consuela. Así que respondo de este modo a la pregunta que me formularon hace poco. Me gustaría ver, antes de morir, a todas las personas queridas que hayan fallecido antes que yo, empezando por mis padres (que ya se fueron: mi madre, demasiado pronto) y acabando por mis amigos, pareja (si es que se muere antes y si es que llega) y hermanos. Y verlos como los recuerde, es decir como recuerdo ahora a aquellos que ya se marcharon: alegres, cariñosos, vitales. El cuándo, pese al título de esta entrada, que me parece una fecha redonda, me importa menos. Al igual que el cómo.

15 comentarios:

theodore dijo...

Paso para saludar, pero como estoy en el trabajo dejaré el comentario más tarde. Interesante tema, pardiez. Incluso no sé si comentar, porque tengo un concepto de la muerte -propia- que no suele ser bien acogido...

En cualquier caso, volveré. Tenías que haber avisado de spoilers de la serie para quien no la haya visto completa, si es que queda algún pobre descarriado que no haya gozado de la mejor serie de la historia. Y la canción de Sia...

Joer, y eso que no podía escribir. Mi jefe me mira aviesamente.
Non-deadly kisses

Squirrel dijo...

Un final perfecto para una serie maravillosa, una de mis favoritas también. Recuerdo cuando lo vi, hace ya unos años, mi chico y lloramos como bobos con este final y al verlo de nuevo ahora, esta vez solo, he vuelto a llorar. Y sí, a mí también me encanta Keith.

Dorothy Parker escribió que quienes pierden a un familiar o una persona muy querida de niños, que es mi caso y también por lo que veo el tuyo, tienen una relación mucho más natural con la muerte que las demás personas. Natural en el sentido de que no la vemos como algo lejano, imposible, de lo que no hay que hablar nunca, sino como parte de la vida, el final de la misma, algo que forma parte de ella y que por lo tanto aceptamos con naturalidad. No estoy seguro de comprenderlo del todo ni de que encaje con lo que yo pienso o siento, pero es una idea que me ha rondado la cabeza y dado mucho que pensar desde que la leí.

A mí la muerte, como a Pessoa (su frase, "temer a la muerte con fascinación" me produce escalofríos), me fascina. Pero no voy a entrar en detalles, es algo muy personal y prefiero ceder mis pensamientos a la íntima alegría del silencio, que habría escrito Cernuda. No te quejes, querido Manuel, que te estoy haciendo un comentario de lo más erudito y literario.

Con lo único con lo que no estoy de acuerdo es con la primera frase de tu post. Los perros son conscientes de su mortalidad, aunque de un modo distinto al nuestro. Quizá es su proximidad a nosotros, durante tantos y tantos milenios, lo que les ha proporcionado esa consciencia, que es muy vivible cuando llegan a una determinada edad. O quizá los muy caninos, como yo, nos creemos que en realidad son humanos y les vemos cualidades que no tienen, que también es posible. Pero el instinto de mantenerse vivo, que tienen todos los animales, es parte del miedo a morir, de saber que la vida hay que protegerla (y no estoy en plan antiabortista, ya he dejado muy claro lo que pienso al respecto) porque al final la vida es lo único que tenemos. Lo que no tienen los animales en consciencia del futuro, viven el presente como si fuese el último día, disfrutan del momento de un modo del que nosotros no somos capaces, ya que siempre estamos pensando en qué vendrá después, anticipando el porvenir o rememorando el pasado. Y la frase final no es mía, qué más quisiera, sino de Pascal.

Perdona la pedantería. Tu post me ha encantado. Estás escribiendo de maravilla, y abriéndote en canal en estas páginas (figurativamente, mal pensado). Sigue así, por favor. Eso sí, tanta intensidad en los blogs está rallando en el exceso. Yo voy a seguir por el petardeo, pero me está generando (sorprendentemente) pocos comentarios..

Manuel Sánchez de Nogués dijo...

Breckin,

Yo lloré a lagrima viva cuando vi el final de esa serie memorable, inteligente y divertida. He llorado hoy cuando lo he vuelto a ver y he llorado también cuando he escrito la entrada, recordado el vídeo y recordándome en momentos parecidos.

Dorothy Parker tiene totalmente razón y seguramente, la muerte de mi madre, ella con 41 y yo con 11, me sirvió para entender, 28 años después, la muerte de mi padre. Y pienso exactamente igual que ella, la muerte es una parte consustancial de la vida y, es más, la muerte sólo existe porque existe la vida. Si algo me produce escalofríos es pensar que yo soy ya más mayor de lo que era mi madre cuando murió, pero al mismo tiempo me reconforta recordarla joven, risueña, cantarina y maternal. Y algo parecido me ocurre con mi padre. De ellos conservo recuerdos y emociones, más cercanos obviamente, en el caso de mi padre, pero igual de intensos en ambos. Las personas queridas que se van siguen viviendo en nosotros, y de qué manera. Sin embargo, no nos hacemos más duros con la muerte: nos acostumbramos a ella, la vemos cercana y natural pero nos afecta igualmente.

Con respecto a los animales, no he tenido nunca perro en casa y no sabría qué decir, pero tampoco ellos nos saben decir qué piensan de la muerte o si son conscientes de ella. Sí son conscientes de la falta de su amo cuando éste muere y eso tal vez indique algún tipo de sensación hacia la muerte.

Y tú, Breckinridge, también tienes totalmente razón. Basta ya de intensidades y viva la frivolidad, pero en mi caso, escribo para divertirme, escribo porque me gusta y escribo porque me leen, pero también escribo porque la escritura me permite ordenar mis pensamientos y expresarlos con más franqueza que de palabra.

coxis dijo...

No he pasado por las vivencias comentadas pero sí que estoy entrando en el momento en que tus padres comienzan a tener achaques y eso te hace replantearte muchísimas cosas.

Manuel Sánchez de Nogués dijo...

Pues espero, coxis, que te pueda servir mi experiencia...

Unknown dijo...

Intensidad es algo, esta entrada va más allá.

Cuando hacía 10 y 11 años y sin ninguna pérdida familiar en mi haber, me despertaba pocos minutos después de haber conciliado el sueño obsesionado por pensamientos sobre mi propia muerte, entonces me levantaba de la cama nervioso y buscaba a mi madre que estaba terminando de recojer la cocina, doblar la ropa recién recojida del tendedero o medio dormida en el salón con un libro en las piernas y le preguntaba con una angustia supina: "¿mamá, tu crees que me moriré?"...

Se puede hacer usted una idea de la carita que mi madre me ponía. En parte por no entender esa pregunta en mí y en parte por no querer entender esa pregunta en ella. Afortunadamente me sonreía y me sacaba airosamente de esa incógnita vital tan prematura para volver a la cama y hacer de tripas corazón para poder volver a dormirme.

Desde entonces y después de una circunstancia vital que me ha tenido muy muy cerca de la muerte sigo temiendo a la muerte pero de distinta forma, quizás sé con más certeza que es algo que no depende de porcentajes de edades ni de peligros extremos. Está ahi esperándonos aunque no sabemos el día ni la hora.

Hace un año aproximadamente me compré el Libro Tibetano de los Muertos y lo dejé en Barcelona junto con otras tantas cosas que no incluí en la mudanza a Turquía.

Aunque ripped-out veré el final de esa gran serie que dejé allá por la nomeacuerdocual temporada.

Un beso de adORa live (you spin me round, round baby round round...)

Manuel Sánchez de Nogués dijo...

The Aloofness, siento haberte destripado la serie, algo de lo que ya me advertía theodore, pero es que pensé que, dados los años que han pasado, era casi como destripar el final de Heidi o Marco.

Yo creo que más que a la muerte, lo que tememos es morirnos con dolor y sufrimiento. Y por eso casi todos hemos respondido lo mismo en el cuestionario de Breckin. Lo malo es que sabemos que eso es casi imposible.

Un beso
M

theodore dijo...

Al final he estado ausente y llego tardísimo.

Antes siempre decía que me gustaría morir atropellado por una ambulancia, en el colmo de la paradoja. En realidad, como dije en Breckin's, me gustaría que fuera sin dolor pero bien consciente, me da morbo saber cómo serán los últimos instantes.

Y te digo lo mismo que Breckin, escribes de maravilla. Pero eso ya lo sabes. Y voto por intensidad, la que haga falta.

Zombie-istic kisses.

Manuel Sánchez de Nogués dijo...

Theodore, más paradójico sería morir atropellado por un coche fúnebre, ¿no?
Y naciste morboso, creciste morboso y te morirás morboso..

Y gracias por el piropo....

Mocho dijo...

También creo que hay que reconocer que el obituario final de la serie es pelín efectista, ¿eh?

A mí me causaron mucha más desazón los dos episodios anteriores.

De todas formas, chapeau para una serie que, aunque buenísima en general, también tuvo partes repetitivas hasta decir basta.

Unknown dijo...

Pues sí, puede que el dolor dé mas miedo que la muerte. Aunque yo a esa edad tenia miedo por perderme cosas, por partir y no haber podido hacer esto o aquello. Supongo que la muerte cuando ya has vivido una vida no debe ser objeto de temor, han existido civilizaciones que han contemplado la muerte de manera muy distinta a nosotros. De hecho para los chinos la muerte es muy diferente a nosotros, sin tener un dogma religioso como el que tienen los cristianos o los musulmanes conceden mucha importancia a los muertos.

Algún día dedicaré un post a mis experiencias con ellos.

Un besote

Revision Interior dijo...

Estoy de acuerdo en que quiza lo que tememos no es la muerte en sí, sino el sufrimiento, el morir sufriendo, a todos nos gustaria morir de una manera tranquila rodeados de seres queridos o durmiendo.

Una de las cosas que me gustan de los estadounidenses es esa manera de "celebrar" la muerte que tienen (o al menos eso muestran en sus peliculas). Eso de hacer una runion de familiares y amigos con comida, musica, recordando al fallecid@ revisando fotos o peliculas, me parece estupenda, lejos de esos tragicos duelos de la cultura mediterranea. Me encantó (a pesar de ser quiza un poco sentimentaloide) el final de la pelicula Philadelphia por eso mismo, y tambien el de otra pelicula cuyo titulo no recuerdo y en la que hacian una reunion parecida en el jardin de la casa familiar con los hijos pequeños de la fallecida jugando y corriendo mientras los adultos hablaban y comian.

Por mi parte, y por razones personales, creo que ultimamente mas que en la muerte, en lo que pienso es en la vejez (supongo que poruqe yo tambien he pasado ya el ecuador de lo que se supone sera mi ciclo vital) y en lo que se ha convertido el ser viejo en este pais y supongo que en gran parte del mundo, auquee en otros muchos hay creo mayor respeto y calidad de vida para los "viejos", aqui hemos conseguido una alta longevidad, pero desde luego no de calidad, nada comparable a los paises nordicos por ejemplo.

Yo, por si acaso ya digo que ire haciendo acopio de pastillas para adelantar el final si lo veo necesario.No se quien dijo:"El suicidio no es abominable porque Dios lo prohiba, sino que Dios lo prohibe porque es abominable"; a mi nunca me ha parecido tan abominable, para la tradicion judeocristiana lo es pero no asi para otras culturas como las orientales.

No hemos visto el video porque todavia tenemos pendiente alguna temporada de la serie. Ya ha terminado Marco?, no puede ser, y nosotros sin enterarnos!!!
Es broma, recuerdo que anunciaron el capitulo final hasta en el telediario que lo precedia!!!!Que serie mas pesada!!!

Manuel Sánchez de Nogués dijo...

Pasaelmocho: Ciertamente, es efectista, pero no deja de ser original, creo. Eso de que la serie acabe de ese modo (no lo quiero destripar) no deja lugar a futuras continuaciones por una razón muy obvia.

Aloofness: Desconozco qué tipo de relación tienen otras culturas con la muerte. Sólo puedo hablar desde mi propia experiencia y, ciertamente, desde mi propia cultura. Pero sí, debe ser interesante ver como lo hacen. Al final, me da la impresion de que todos hacemos más o menos lo mismo: el muerto al hoyo y el vivo al bollo. Más que nada porque no queda más remedio.

Revisióm de interior:
Muchas gracias por pasaros de nuevo. Sí, eso de las reuniones que hacen los americanos no es más, creo, que los velatorios que hacíamos aquí hace años, sólo que sin el fiambre. En los velatorios, yo, que vengo de sur, he visto de pequeño casi de todo: se comía, se hablaba, se lloraba, se reía y se contaban hasta chistes.

En cualquier caso, no estoy muy de acuerdo con esa obsesión americana por que la muerte y el dolor no aparezcan. Hace unos días, mirando en un fotoblog de un periódico de Boston unas fotos sobre los sanfermines de este año, cada vez que había una foto con sangre (en las corridas, en los encierros) advertían que el contenido podía herir la sensibilidad. Lo mismo, creo, ha pasado con todos los accidentes, atentados, guerras que están teniendo últimamente...

No sé, yo creo que la vida mancha. Y esos lamparones son los que nos hacen crecer como personas.

Squirrel dijo...

Reincido a la vista del debate: No sé si la calidad de vida de las personas mayores en Escandinavia es mayor que aquí, tengo mis dudas (referencia al comment de Revisión). El desapego familiar es muy grande en algunas latitudes y eso causa mucha soledad. N es que tenga nada en contra de la soledad, pero al final de la vida pienso que uno quiere estar acompañado, o rodeado por personas queridas. Yo tengo una madre octogenaria, totalmente demente y hemipléjica. Somos una familia bastante depegada unos de otros. Mi madre está en su casa, bien atendida dentro de nuestras posibilidades, feliz. Si estuviese en una mega-residencia a la escandinava cons ervicios sociales estratosféricos estaría probablemente mejor atendida (mucho presumimos aquí de ley de dependencia cuando es algo que los suecos llevan haciendo medio siglo) pero no sería tan feliz, estoy seguro. En su demencia reconoce su entorno, le es familiar, le gusta estar ahí. El poco tiempo que estuvo en una residencia se fue apagando y entristeciendo de un modo muy gris y muy triste, por eso decidimos que volviese a su casa.

Prefiero no meterme mucho en el tema suicidio, aunque totalmente a favor de poner fin cuando uno quiera. Siempre me han admirado los suididas, es el mayor acto de valentía que pueda imaginar. No entiendo como las familias siempre lo intentan camuflar, como si fuese algo malo o censurable.

Manuel Sánchez de Nogués dijo...

Estoy de acuerdo contigo, Breckinridge. Yo tengo cerca de mi a tres personas mayores, (dos de ellas bastante mayores) que viven solas y, sí, seguramente echen de menos tener compañía en casa, pero por nada del mundo querrían irse a una residencia. Dos de ellas viven en Ceuta y tienen una vida social plena: salen y entran de casa a todas horas, compran, juegan a las cartas, se relacionan, etc... A mí me encantaría llegar a los 85 años con la vitalidad y curiosidad que estas dos personas. Una de ellas, se ha metido en internet: maneja skype para hablar con familiares fuera de España, tiene un iphone y maneja el correo electrónico con una soltura envidiable y el navegador. Y esto, entre otras muchas cosas que hacen. Creo que en una residencia no serían las mismas personas, como justamente dices tú de tu madre.

Por otra parte, comparto también tu valoración del suicidio...