Si en el siglo XIV fueron las catedrales, en el XXI son los aeropuertos y las estaciones de tren. Una visita a la catedral de Santa María de Vitoria, en plenas obras de restauración, permite comprobar, a aquellos que nos gusta la arquitectura sin entenderla demasiado, la evolución del pensamiento y las habilidades humanas. Máxime si lo que uno más acostumbrado está a visitar son aeropuertos y estaciones de tren. Tengo una especial predilección por estos dos últimos lugares. Sobre todo si combinan belleza y funcionalidad, como la Terminal 4 de Barajas y la estación de Atocha en Madrid. Menos mal que la catedral de la Almudena es, para mi gusto, anacrónica, fea y ostentosa, porque si no, escribiría esta entrada sin salir de Madrid y eso, cuando uno vuelve de pasar unos días en el País Vasco, quedaría demasiado centralista (o españolista que dirían otros).
Siempre, desde pequeño, he tenido una especial predilección por los aeropuertos. Me gusta que sean lugares de paso y me gusta mucho más que los aeropuertos sean las catedrales de este inicio de milenio: es decir, que los más avanzados conocimientos en construcción y materiales y los mayores esfuerzos económicos se dediquen, como en los siglos XIII y XIV se dedicaron a las catedrales, a levantar enormes y, en muchos casos, bellas terminales aeroportuarias. Justo como los vitorianos de la Edad Media hicieron con su catedral, los estados del siglo XXI construyen, a través de diversas fórmulas, enormes edificios que se convierten rápidamente en símbolos. Me gusta, además, que se construyan estas enormes infraestructuras no para que estemos en ellas, sino para que pasemos por ellas, como si fueran las puertas de entrada y salida de enormes ciudades y países amurallados. En el medievo, las innovaciones del arco ojival y la bóveda de crucería permitieron elevar la altura de las catedrales, frente a las anchuras del románico, hacerlas más ligeras, casi etéreas, intentando recuperar el conocimiento perdido (si los arquitectos de la edad media hubieran viajado a la basílica de Santa Sofía en Constantinopla, habrían aprendido a construir el aire). Así como la catedral de Vitoria se eleva y eleva mediante arcos ojivales y enormes pilastras que el paso del tiempo ha ido combando, la T-4 se eleva gracias a pilares que parecen el tronco y las ramas de un árbol sin hojas que sostienen un techo ondulado y ligero: la piedra y el mortero de arena y cal frente al hormigón, el acero, el vidrio y el bambú. Más ligera, sí, la terminal de Barajas, pero, ¿tan duradera como la catedral de Vitoria?
Tengo la impresión de que estas enormes terminales, estas nuevas puertas en las murallas de las ciudades y los estados, resistirán mal el paso del tiempo. Puede incluso que ni siquiera aguanten medio siglo. Son, por así decirlo, obras efímeras, un suspiro en el devenir vital de una catedral. La de Santa María, en Vitoria, vieja y algo achacosa, está desde hace casi diez años en proceso de restauración: la catedral gótica se edificó sobre una iglesia anterior, románica, y sus pilares no aguantan el peso, es decir que no aguantarían otros ochocientos años sin unos arreglos. Pero no está cerrada. La restauración permite ver la catedral desde una perspectiva insólita: en el crucero se levanta un andamio al que se sube desde uno de los laterales del transepto. Desde allí, desde esa altura, uno la ve como nunca se podrá ver una catedral, como la vería Dios, si es que existe. Sin santos ni vírgenes, despojada de todo elemento eclesiástico, con los sonidos chirriantes de las cortadoras de piedra, y el aire viciado por un polvo blanquecino, la catedral se retrotrae a la época de su construcción, como la verían también sus maestros y albañiles, bella, esbelta y ligera, un autentico monumento al aire y la luz. Igual, exactamente igual que la Terminal 4, sólo que eterna y no efímera.


7 comentarios:
Seguramente muchas terminales quedarán cutres y obsoletas en breve, si no lo están ya, pero habrá algunas que sobrevivirán a todos los tiempos, estilos y opiniones. Who knows.
Excelente entrada. Un besote.
Sobrevivirán si resisten el paso del tiempo.... Además, ¿habrá aeropuertos dentro de ochocientos años? Lo dudo, pero iglesias, me temo que sí.
Un beso
M
Mucha razón tienes. Lo mejor (en mi opinión, lo único bueno) que han aportado las catedrales a la Humanidad es el arte. Hace mucho que no voy a Vitoria y no recuerdo bien la catedral, pero suena parecida a tantas otras, resultado de capas y reciclados de estilos. Hace poco hablaba con Coxis de la de Murcia, un joyón absoluto. Las catedrales sobrevivirán, no hay duda, los anti-religiosos nos ocuparemos de ello.
Llevo mucho tiempo pensando en escribir sobre aeropuertos, teniendo en cuenta el mucho tiempo que me paso en ellos, pero luego no sé qué decir. Hay pocos que me gusten, la verdad. No hay muchos mejores que la T4 de Barajas, también es cierto, aunque no es mi gusto arquitectónico, demasiada curva, demasiado colorín.
La terminal de aeropuerto más bonita que he visto era Tempelhof, en Berlin, que echó el cierre hace un par de años. No sólo ya por su sentido histórico (construido por los nazis, reconvertido en pulmón de oxígeno de la ciudad durante el "sitio" de la misma tras la creación de la RDA) sino también por su belleza y su diseño: todo en mármol, madera y metal cromado, en estilo racionalista-art déco. Lo mejor era la marquesina gigantesca en curva, bajo la cual aparcaban los aviones, salías e ibas caminando hasta la terminal. Ahora no saben qué hacer con el edificio, una pena.
Otras terminales que me gustan son la antigua de la TWA en JFK, en NY (donde pasé, hace justo 30 años, los primeros momentos de mi vida en suelo estadounidense), y Dulles en Washington DC, ambas obra de Eero Saarinen, uno de mis arquitectos favoritos. Guguelea y ya verás qué belleza.
De las estaciones de tren qué decir. Éstas sí que tienen mucho futuro, porque el tren va a volver a tomar un papel fundamental en el transporte mundial, vivir para ver, y a todo el mundo le gustan las estaciones del XIX, como Atocha (perfectamente puesta al día, aunque se está quedando pequeña).
Sorry por el rollo, cómo me paso.
Es verdad, Breckin, ¡¡¡cómo te pasas!!!!
Pues a mí, precisamente, la T4 me gusta por las curvas, el suelo color crema y el colorín que, además, sirve para ubicarse en aquella nave enorme. Conozco la terminal de la TWA en Nueva York porque, también, fue lo primero que vi de los Estados Unidos. La de Washington no la conozco y no dudo de tu reconocido buen gusto.
Hay en marcha, o casi, una ampliación de Atocha, tras haber dado Gallardón su brazo a torcer, porque quería llevarse la estación a un erial en Vallecas (para hacer ganar mucho dinero a algunos, estoy seguro). Esperemos que resulte tan funcional y bella como la original y la primera ampliación de Moneo.
El mundo aeropuerto es muy variopinto. La terminal de San Sebastian la confundí la primera vez con una venta de carretera. La nueva terminal de Bilbo muy bonita pero minúscula y nada funcional (odio a Calatrava). Mi aeropuerto favorito es el de Munich. Pero es verdad, son obras que parecen arte efímero condenado a la megaampliación o adaptación de los nuevos tiempos (por ejemplo cuando se invente el teletransporte).
Una de mis iglesias favoritas es la de Nuestra Señora de Aránzazu en Bizkaia. Eterna y majestuosa en la montaña.
Un besote
PS: Aya Sofía (santa) lleva como 5 años con la cúpula cubierta por andamios, así que aquello de que parece que está contruída en el aire queda muy pero que muy poco claro.jeje.
Aloofness: Totalmente de acuerdo contigo con respecto al aeropuerto de Bilbao. Lo de que no tenga paredes ni esquinas despista y desconcierta.
La basílica de Arantzazu la conozco por fotos y sí, me gusta, colgada del monte.
Ahora, el interior de Santa Sofia es como un cuadro de Velázquez, porque el aire se ve y no sólo se respira.
Besos
M
Publicar un comentario