24 de junio de 2009

In the timeless city of Cairo




I am honored to be in the timeless city of Cairo

Barak Obama. Primera frase de su discurso al mundo musulmán. 4 de junio de 2009


Hay lugares a los que parece que el tiempo nunca visita. Los años pasan por las personas, las cosas, las situaciones y los momentos, pero no por algunos lugares. Sabemos que el tiempo va pasando porque un buen día nos miramos al espejo y vemos una cana que antes no habíamos percibido o porque situaciones y momentos que nos parecían normales se tornan, de repente, anquilosados. La moda es un gran medidor del tiempo: vemos imágenes de hace unos años, como veinte o así, y puede que provoquen una sonrisa o un pensamiento nostálgico cuando aparecen peinados y vestidos que en aquella época parecían la culminación de la modernidad. Un ejemplo: los vídeos musicales de los años ochenta, vistos ahora en cualquier momento gracias a youtube, miden el tiempo, para aquellos que crecimos viéndolos por televisión, mejor que cualquier reloj o, mejor dicho, atestiguan su paso implacable más fehacientemente que cualquier recuerdo.

Sabemos que el tiempo no pasa porque viajamos a lugares que vivimos hace 20 años y nos parece que nunca nos hemos ido de ellos. El tiempo, así, no pasa en El Cairo: tal vez haya más hoteles en las orillas del Nilo, con lobbys que parecen estaciones de trenes, que hace 20 años. Tal vez haya más autopistas y viaductos, o pasos de cebra que nadie respeta, pero en sustancia, la ciudad sigue siendo la misma. Los policías siguen vistiendo los mismos uniformes blancos de hace 20 años, los billetes siguen teniendo el mismo diseño y están igual de viejos y gastados que hace 20 años, las bocinas que atronaban hace dos décadas siguen atronando ahora y la gente que pasea por la Corniche al atardecer paseaba también hace 20 años. La mugre que invade las fachadas y las incontables esquinas sigue siendo la misma mugre de antaño. Las obras en plaza Tahrir son las mismas obras de hace 20 años.

Hace 20 años, el policía que se sienta en la cafetería del hotel Shepheard, en las orillas del Nilo era, seguramente, un crío que jugaba en la calle con otros críos de su misma edad porque en El Cairo, ahora y antes, los niños juegan en la calle. El tiempo, que no pasa por la ciudad, sí pasa por él, y lo ha convertido en un hombre fornido de pelo rizado que cumple una misión igual a la que hace 20 años cumplía en el mismo sitio otro policía igual que él: vigilar, recibir confidencias, enterarse, en definitiva, de lo que sucede en el hotel. El policía, el de ahora y el de hace 20 años, llega sobre las ocho y media de la mañana, desayuna en el bufé del hotel y una vez acabado, se dirige una mesita cercana a la ventana, en la cafetería, con vistas al lobby, desde donde controla los pasos de todos los que por allí pasan. El policía combate los largos ratos de tedio con lecturas del mismo periódico que hace 20 leía su antecesor mientras sorbe relajadamente un café. De vez en cuando alguien se acerca, se pone a su lado y le hace alguna confidencia, algo que se sale de la normalidad que merece ser contado y transmitido a la autoridad, que ya sabrá que hacer con esa información. En otro momento, en una larga tarde de junio, recibe la visita de un señor igual de fornido que él, barbudo y moreno, con el que comparte más confidencias. Todo el personal del hotel Shepheard parece conocer al policía y acepta con buen ánimo su presencia. Hace 20 años Egipto estaba gobernada por el mismo hombre que la sigue gobernando ahora. Empezó en los primeros años ochenta, con los primeros vídeos musicales que ahora, vistos en youtube, parecen la prueba más evidente del tiempo que pasa. El tiempo, en cambio, no pasa por El Cairo ni, por mera extensión, tampoco por Egipto. Cada cierto tiempo, unos pocos egipcios acuden a las urnas sabiendo que su voto poco puede cambiar, porque por no alterar, ni siquiera altera el tiempo: el resto ni se molesta en acudir a votar. Para ellos, el tiempo no pasa. Tampoco para su Gobierno, anclado en los mismos usos dictatoriales de hace 20 años

Hay veces, sin embargo, que se agradece que el tiempo no pase. Hace 20 años, encontré un pequeño café situado en el centro de El Cairo, a pocos metros de la plaza Talaat Harb, por el letrero de una tienda llamada After Eight. El letrero estaba colocado encima de un zaguán mugriento al final del cual se veía una floristería. Doblando una esquina se entraba en un callejón en el que se ubicaba el café: veladores de latón, taburetes y sillas de madera, el olor del tabaco que arde en las shishas, el ir y venir del maalim con las bandejas repletas de cafés y tés, el chasquido de las fichas del backgammon cuando las mueven sobre el tablero. Como no sabía como llegar, el letrero de la tienda era una buena indicación para poderlo encontrar. Y al encontrarlo, a los pocos días de llegar a El Cairo, hallé, aunque no lo supiera en aquel momento, la razón por la que viví en aquella ciudad caótica, enorme y polvorienta los momentos que han marcado mi existencia posterior. En la vida hay momentos de inflexión y situaciones que hacen que se doble por última vez una esquina, a partir de la cual se inicia un nuevo camino del que sólo se sabe que va a ser distinto del camino llevado hasta entonces. El Cairo, hace 20 años, fue mi esquina: creo que soy lo que soy, que pienso como pienso y actúo como actúo porque experimenté vivencias y situaciones que me hicieron cambiar para siempre. Y el café del callejón era el punto a partir del cual ese cambio se hizo posible.

Así, en una tarde sofocante de junio de 2009 me dirigí de nuevo, 19 años y siete meses después, al mismo café con la intención, yo, que soy enemigo de la nostalgia, de visitar a la persona que era en noviembre de 1989 y, como no lograba encontrar el portal de la calle Qasr El-Nil por el que tenía que meterme, fue otra vez, como en aquella primera ocasión, el letrero de After Eight el que me recordó por donde tenía que entrar. Y entré, atravesé el zaguán mugriento, volví a ver la floristería al fondo, me acerqué, pero no doblé la esquina que me haría llegar hasta el café. Al contrario, volví sobre mis pasos, subí hasta la plaza Talaat Harb, doblé otra esquina y bajé por la siguiente calle buscando la salida del callejón que se iniciaba en la floristería, pero llegue a la entrada y volví a pasar de largo. Ni siquiera miré. Lo intenté una tercera vez por la entrada de la calle Champollion, me acerqué, vi a gente sentada alrededor de las mesas, fumando shisha y jugando a backgammon, miré durante unos instantes y sentí en aquellas mesas a la persona que yo era hace 20 años. Fue entonces cuando me di cuenta de que en realidad no quería visitarla. Quise dejarla ahí, en ese callejón por el que no ha pasado el tiempo, como en toda la ciudad, como en todo aquel país, porque por mí, como por todos, sí que han pasado 20 años y, tal vez, sentándome de nuevo en esos taburetes, fumando shisha y bebiendome un café, como tantas otras veces en aquel tiempo, me daría cuenta de lo lejos que estoy, en el fondo, de ese joven de hace 20 años. A las pocas horas ya estaba volando de regreso a Madrid.

2 comentarios:

Squirrel dijo...

Precioso post. tan nostálgico, a pesar de lo que dices. Yo siempre opto por no volver a los sitios y los lugares donde he sido feliz y eso que no soy de los que se aferra a sus recuerdos si no más bien de los que piensa que lo mejor siempre está por venir. me encantan los nombres: Talaat harb es la tercera guerra ¿verdad?, y una calle llamada Champollion es una maravilla. Deberías contar más del policía fornida, los de mente calenturienta lo apreciaríamos.

Manuel Sánchez de Nogués dijo...

Gracias, breckin. Eres mi único y más ferviente comentarista y eso se agradece y no sabes cuánto. Talaat Harb fue un héroe independentista: no tiene nada que ver con talata (o zalaza) ya que lleva una ain y tres no lo lleva. Pero sí hubiera sido curioso dedicarle una plaza a la tercera guerra (al harb al zaliz), más que nada porque la tercera guerra, se entiende que árabe-israelí, sería la de los seis dïas, en la que los egipcios recibieron una paliza de campeonato. Sí, es maravilloso que le dediquen una calle a Champollion, maravilloso y lógico porque si no llega a ser por él, la civilización egipcia seguirïa siendo totalmente desconocida porque nadie sabría el significado de su escritura.
Sobre la nostalgia, sólo aquellos que decimos que no somos nostálgicos, sabemos lo mucho que nos pesa y nos influye el tiempo pasado. Y por eso no nos acercamos a él, porque de hacerlo no podríamos vivir el presente. La experiencias buenas y malas ni se olvidan ni se superan: se aprende a vivir con ellas.
Finalmente, sobre el fornido policía, el mío es un blog serío y si no hablo más de él es porque, a mi pesar, no había mucho más que contar. Y este blog habla de experiencias y no de sueños.
Un inciso: Estoy en la brasserie La Rotonde de Bruselas y, adivina qué suena de fondo: Sííí los Duran Duran con the Reflex… y me encanta

Gracias again y que bona nit

Manuel