3 de junio de 2009

Honrados cleptómanos

Los supermercados están llenos de parejas de jubilados que se encuentran en los lineales y hablan del avión que se acaba de caer en el atlántico o de las últimas declaraciones de los políticos con las voces de los periodistas que han escuchado momentos antes por la radio. Así, hablan de la fatalidad del destino con la misma naturalidad con la que echan en el carrito el suavizante de oferta o el cartón de leche enriquecida en calcio que viene bien para la osteoporosis. Cuando toca, toca, dice uno. Otro, con voz también prestada, comenta que no les puede tocar a tantos a la vez, por lo que no se le deben achacar al destino accidentes que se deben únicamente a un cúmulo de circunstancias seguramente explicables. Y con esa misma naturalidad de hábitos realizados casi todos los días, se dirigen a la caja.

Siempre tiene uno la sensación de que una mano imperceptible le está robando parte de la compra cuando pasa por el lector óptico. Y si esa sensación se produce en esos momentos, y no antes o después, es porque, indudablemente, la mano invisible pertenece a algún comprador (o compradora, no seamos sexistas) avispado de las cercanías que creen con tus filetes son mejores que los suyos, o que tus huevos (excuse my French) son más grandes que los suyos y, además, tienen dos yemas. Uno, la verdad, es que no tiene constancia de que eso sea así (no lo de los huevos, sino lo de los robos) pero como lo que cuenta en esta vida es la impresión, el hecho reflejado, y no el hecho en sí, pues al final la ficción, de tanto repetirse, se convierte en realidad. Lo que uno no se espera, sin embargo, es que los robos se produzcan antes y que el comprador, en este caso, el jubilado que minutos antes se lamentaba de la fatalidad del destino intente colar por la caja un solitario cartón de leche. La situación se resuelve con cierta familiaridad pues la cajera parece conocer al jubilado y con una sonrisa le advierte de que, “uy, se me ha olvidado pasar ese cartón de leche”, lo que es respondido con un “vaya cabeza la mía”, haciéndose pasar por viejo chocho cuando en realidad era un ladrón de los pies a la cabeza.

Los hay, en estos casos, auténticos profesionales, capaces de robar hasta a sus seres más queridos. Los hay también más de andar por casa: las señoras que roban en el Corte Inglés (o robaban, porque con las aparición de las cámaras y los circuitos cerrados, la cosa se puso fea). Hay algunas personas que son más sofisticadas en sus robos, y, como consecuencia de ello, más mezquinas: encargarse de la organización de la cena de navidad de un grupo de amigos, dividir los gastos entre todos y luego apropiarse del número de tarjeta de crédito de uno de esos amigos para pasar todos los gastos; llevar a la ruina a un establecimiento familiar por meter la mano en la caja o implicar a un antiguo amante en sus trastadas. Al final todos, sean de poca monta o de mucha monta, pueden hacerse pasar honrados cleptómanos porque siempre podrán decir un “vaya cabeza la mía” a tiempo y siempre habrá alguien que, como la cajera, justifique con evidente disimulo una notable fechoría.

1 comentario:

Squirrel dijo...

Me pasa lo mismo, siempre tengo la impresión de que algo va a desaparecer de mi compra una vez que he pagado y antes de llevármela a casa. Y es muy cierto que hay viejecitos que como el que no quiere la cosa se intentan llevar algo "de regalo" del super.

Lo otro, lod las estafas y robos a gran escala, es un mal generalizado que yo no comprendo bien. Lo de Madoff, por ejemplo, ¿para qué necesita otro avión privado, otra mansión, más y más? Todos caemos en la avaricia de algún modo o de otro, pero la ilimitada a mí me descoloca mucho. Es como el ansia de poder, tampoco lo comprendo. Con lo a gusto que se está con poco, en cuanto tienes mucho empiezan los problemas.

Buen finde!