
Hay veces que uno mira, pero no ve. Y por eso, me parece mejor contar experiencias lejanas, remotas y exóticas que las que tengo delante de mis ojos habitualmente, las que he visto desde que recuerdo, las que me son más evidentes y normales. Pese a ello, no deja de gustarme cruzar el Estrecho de Gibraltar cuando regreso a Ceuta: me siento en el bar de proa, el que queda justo debajo del puente de mando y empiezo a ver, como si fuera la primera vez, la mole maciza del Peñón, con la ciudad apretujada y encaramada a él, justo cuando el barco enfila la bocana del puerto de Algeciras y deja a babor las industrias químicas de la bahía. Lentamente, el barco gira a estribor para enfilar la dirección sur que le llevará a la otra orilla. Es una maniobra miles de veces repetida a lo largo de los siglos por barcos de todo tipo. También es una maniobra que he visto y experimentado muchas veces lo largo de mi vida. Si quisiera, podría empezar a calcular las veces que he realizado ese viaje, las veces que me he montado en los barcos que llevan o traen de Ceuta, lentos, pero con estilo los primeros; rápidos e impersonales los últimos, con temporal o sol radiante, con niebla, neblina o bruma, con el mar en calma, con el mar de poniente o con el mar de levante, con frío, con calor, pero ¿serviría para explicar que cada vez disfruto más con estas travesías? Yo creo que no. La explicación es otra.
El transbordador Virgen de África, atracado en el puerto de Ceuta
Tengo una gran ventaja a mi favor. No me mareo en los barcos, ni tampoco en los coches. Eso ciertamente ayuda, porque sería imposible descubrir y sorprenderse en un viaje con el estómago y la cabeza en plena batalla. Y yo, últimamente, descubro y me sorprendo. Los paisajes de la infancia son, seguramente, los paisajes de toda una vida y estos paisajes empezaron a materializarse con una bolsa con pan duro para las gaviotas que acompañan al barco en la travesía o con el descubrimiento de que Flipper, aquel delfín vivaracho que salía en televisión, no era un muñeco sino un animal de carne y hueso que saltaba a los costados del Virgen de África, el transbordador de mis primeros años. Para otros, estos paisajes no eran agradables: el olor a fuel-oil en la bodega de los coches, el cabeceo en las travesías con temporal, las botellas que sea caían de los estantes de bar, los mareos, los vómitos. Así, mientras cerca de mí sufrían cada vez que se montaban en el barco, yo disfrutaba. Y lo sigo haciendo, sea con mal o buen tiempo, con visibilidad o sin ella. Me siento delante del ventanal del salón de proa, me pido algo de beber -“se lo viá poné en vaso de pláhtico porque el barco hoy se mueve musho”-, me leo los periódicos de Ceuta y, cuando acuerdo, estoy en mitad del Estrecho viendo ya, como una fotografía que se va revelando, unas masas terrestres informes que al poco van tomando forma en el monte Hacho, punta Almina y la línea de los primeros edificios de Ceuta, el Yebel Musa (o la Mujer Muerta como lo conocemos los ceutíes), con Beliunes en su ladera y Benzú en la costa e, incluso en los días claros, el Yebel Kelti, con sus casi 2000 metros de altura, al fondo. Al poco, con el Alborán ya dentro del puerto escudriño el paisaje de toda una vida buscando tanto novedades como los signos y símbolos de siempre: un edificio recién construido, el alminar de una mezquita antes inexistente, las torres de la Catedral, los coches que van bajando de la ciudad al puerto, la bandera en el baluarte de su mismo nombre y, últimamente, los enormes luminosos de los supermercados en la avenida principal del puerto.
El catamarán Alborán entrando en el puerto
Lo confieso, no sólo me gusta sino que me emociona. Alguna vez lo tenía de que decir: me gusta saber que soy de Ceuta, aunque ahora viva en Madrid; me gusta que Ceuta esté donde está, en una de las zonas del mundo con más historia o, al menos, con más historia para esta parte del mundo en la que vivo. Entre dos mares, entre dos religiones, entre dos culturas, en la frontera, entre dos continentes y entre dos vientos. Me gusta imaginarme que ese barco que cruza por babor delante del Alborán que me lleva a casa ha atravesado todo el Mediterráneo, el canal de Suez, el Océano Indico, que ha doblado la India, que se ha internado en el estrecho de Malaka, que ha atracado en Singapur a recoger contendedores y que un mes antes había zarpado del puerto de Hong-Kong. Me horrorizó, sin embargo, leer que una de las línea de fractura de las que hablaba Hungtinton en su apocalíptico y poco creíble Choque de Civilizaciones pasase por delante de mi casa. Y tal vez sea poco creíble porque los barcos, esos que se cruzan con el mío cuando regreso a Ceuta siguen atravesando religiones, culturas y civilizaciones hoy al igual que hace cientos y miles de años, por los mismos sitios, por los mismos paisajes, (con el Peñón a un lado y el Yebel Musa al otro) de mi vida. Y eso, a no ser que un buen día el mar desaparezca, seguirá sucediendo.



6 comentarios:
Ah, qué recuerdos de los barcos eternos a Ceuta, yo también soy de los que no se marean y el viaje es tan bonito...aunque mejor ahora que es mucho más rapido, jeje.
Las Civilizaciones, con gaseosa.
Un beso.
El viaje es precioso y no por haberlo hecho toda la vida deja de parecermelo. A mí, lo de las civilizaciones me da como miedo...
Me tienes que contar algún día tus experiencias caballas.
Besos
M
Te peudes creer que nuca he cruzado el estrecho? No he estado ni en Ceuta, ni en Melilla, ni en Marruecos. Eso si, me encantan los viajes en barco, aunque odie los cruceros. El mas bonito, de Aqaba en Jordania a Nuweibah en el Sinai. Ahi comprendi porque al Mar Rojo se le llama asi.
Pues esa es una grave carencia que al final te va a causar un trauma..... un hombre de mundo como tú!!!! Una vez le preguntaron a Paul Bowles por qué le gustaba Tánger y respondió que porque se sentaba en un café en lo alto de la ciudad mirando al mar y veía pasar el mundo delante de él. Y es un poco así, es Estrecho de Gibraltar no deja de ser una calle, de agua, pero calle al fin y al cabo.
No entiendo lo del Mar Rojo... si es color turquesa!!!
El Mar rojo es de color turquesa gracias al rojo de las montanhas del Sinai y de la peninsula arabiga. Es cuestion de contrastes (como casi en esta vida...).
A Ceuta iria, pero a Marruecos, salvo por trabajo, no. Tengo por norma no ir por placer a paises donde no haya una minima libertad para sus ciudadanos. Por mucho que admire a los Bowles, Vidal, Capote, Saint Laurent, Moix, etc. (dejo fuera a Goytisolo) que se quedaron alla al menos largas temporadas, la suya me parece una actitud paternalista y sumamente egoista, pues tenian (tienen) una libertad que se les niega a los locales. Pero bueno, son comecocos mios no extrapolables a nadie.
No sé, yo también me he planteado ese tipo de actitudes, pero no al final me pueden las ganas de viajar. Marruecos es un país precioso, pero algo complicado. A mí me encanta, la verdad, pero entiendo tu postura.
¿No te gusta Goytisolo?
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